El encuentro de hoy para instructores también estará dedicado a las Leyes de las que hablamos ayer: 7 Leyes, 7 planos. Solo que las veremos desde el punto de vista del instructor: de qué manera podrían aplicarse para volver una vez más al concepto general de la preparación de instructores, a aquellos puntos que debemos mantener presentes en la mente. Esto es especialmente importante, no solo para los instructores de gran escenario, sino también para los pequeños instructores de nivel cero. Es decir, para aquellos que todavía no conducen ni pequeños grupos ni grandes conferencias, sino que trabajan con personas de una u otra manera dentro del Departamento, dentro de los ciclos cero y primero, para que al menos exista cierto eje para relacionarse con la gente, para transmitirles un determinado impulso que hay que mantener constantemente en la mente.
Intentemos al menos mantener en la cabeza qué tenemos en cada Ley. Les recuerdo los planos. Empezamos desde arriba y vamos bajando.
Para el plano de Atma (Voluntad, Ley) — la Ley de la Unidad.
Luego — la Ley de la Iluminación o Consagración (plano de Buddhi — intuición).
Plano de Manas (mente superior) — Ley de la Diferenciación.
Luego — organización (kama‑manas — mente inferior).
Luego la Ley de la Psíquicidad — Astral, psique.
Ley de la actividad, de la acción — prana, energía.
Y la última, todos la recuerdan — Ley de la periodicidad, de los ciclos — plano físico.
¿Cómo creen que podríamos aplicarlas a la preparación de instructores, al modelo del instructor?
Si recuerdan, la Ley de la Unidad es el principio rector que conduce a todos hacia un mismo Destino universal a través del camino de la evolución. Como se decía: si te pregunta cuántos son, tú respondes: «Uno». Se decía que esta Ley está vinculada con la toma de conciencia de la pertenencia a un organismo, pequeño o mayor, con la conciencia de que somos parte de algo más grande. Y se decía que esto está relacionado con la conciencia de la cadena, es decir, con el principio de las emanaciones o de la transmisión del fuego, por el cual fue creado todo el Universo. Existe un Absoluto inicial — el primer fuego. Transmite su fuego al segundo, el segundo engendra al tercero — transmite su fuego. Y así hasta el ser más pequeño del Universo. Y de este modo, quien transmite el fuego no pierde nada, no cambia, no se empobrece, permanece igual. Y cada eslabón de la cadena es, al mismo tiempo, padre e hijo, maestro y discípulo. De alguien recibe, a alguien entrega. Y por eso, ayer, cuando hablábamos de las características generales del principio de la Unidad, decíamos que en cada uno de nosotros se encuentra una partícula de todos aquellos que están con nosotros en la misma cadena. Es decir, una partícula del padre, una partícula de los padres. En cada uno de nosotros vive una parte del alma de aquel que nos dio nacimiento. Vive HAL, vivo yo, y así sucesivamente. ¿Cómo se puede aplicar esto al instructor? Digan primero ustedes, y luego les expongo mis consideraciones. Ya les he dado las tesis principales. ¿Cómo lo aplicarían a ustedes mismos? ¿Qué puntos clave ven en ustedes como instructores dentro del principio de la Unidad?
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Más o menos hemos escuchado varios puntos. Pero en realidad se reducen a una misma cosa. En primer lugar, cuando hablemos no solo de la Ley de la Unidad, sino de todas las Leyes, debemos separar dos aspectos, y luego unirlos en uno solo. Aspectos que se refieren al propio instructor y aspectos que se refieren a la realización de la conferencia o del encuentro conforme a estos principios. Si hablamos de los aspectos que atañen al propio instructor, hay un eje fundamental que ustedes han comprendido casi como algo obvio: el instructor, de acuerdo con la Ley de la Unidad, no transmite nada suyo. No transmite lo suyo, sino la Esencia. Punto clave. La idea que debe transmitir no es suya. Y según el principio de las emanaciones, si tenemos en cuenta la Ley de la Unidad, el instructor, en primer lugar, debe transmitir la esencia, la idea, el arquetipo de aquel organismo del cual es parte integrante. Los arquetipos fundamentales, las ideas, los puntos de aquello que llamamos la ideología de Nueva Acrópolis. Este es el primer punto. Así pues, nuestra primera tarea en todos nuestros encuentros, en las conferencias, en las conversaciones individuales, como dice La Voz del Silencio, es: «¿Has armonizado tu alma con…?». ¿Has armonizado tus suposiciones, tus puntos clave con el corazón, la doctrina y la filosofía de Nueva Acrópolis? Y aquí, en lo que concierne a la Ley desde el punto de vista del instructor, no existen diez mil doctrinas. No existen diez mil comprensiones distintas de la doctrina. Existen diez mil formas diferentes dentro de las cuales se exponen unas mismas ideas. Y por tanto, en este contexto, la tarea primera y fundamental, no solo del instructor sino también del director —ahora hablamos en el contexto de la conferencia— es no desviarse del Camino, no alejarse, no distorsionar. No dar interpretaciones libres propias que no tengan una base ya contrastada dentro de la propia filosofía de Nueva Acrópolis, por las distintas suposiciones o por las palabras de HAL, de los clásicos, de Blavatsky, mías, etc. Por «clásicos» me refiero a los autores que desde siempre se hallan en esta cadena de transmisión de la Sabiduría y que ya están reconocidos como autoridad. De modo que se permite cierta libertad, pero en el contexto de que toda suposición, toda hipótesis debe tener confirmación en palabras de alguien o en enseñanzas consideradas autorizadas. Si no hay confirmación, entonces se la busca. Y mientras no la encontremos, no se transmite. Nos informamos, preguntamos, pensamos, reflexionamos, para que las cosas se asimilen. Éste es el primer punto desde el punto de vista del instructor.
El segundo punto es, en realidad, el célebre principio de las emanaciones del que hablábamos cuando tratábamos de la Ley de la Unidad, y que para el instructor es muy actual. ¿Cuándo transmite el instructor? Si imaginamos un sistema de antorchas y encendemos una con el fuego primordial, ese segundo fuego que se crea tiene todas las características del primero más las características que añade el material que arde. Entonces, cuando damos una conferencia, cuando conducimos un encuentro, ¿qué es lo que realmente hacemos? ¿Ese encuentro que llevamos a cabo es único, el primero, o…? Por un lado es único, pero desde el punto de vista de la Unidad no es más que un eslabón en la cadena. Por tanto, si hablamos del principio de las emanaciones, podemos aplicarlo tanto en un plano horizontal como en un plano vertical. En el plano horizontal, en lo que respecta al encuentro que preparo, al tema, a los enfoques, debo conectarme siempre con alguien. Debo saber siempre de qué y de quién soy continuación. Es decir, cada una de mis conferencias, de mis reuniones, debe tener su base en las anteriores. Si hablo sobre los estoicos, no puedo hacerlo sin remitirme, aunque sea de manera indirecta, a la conferencia anterior que fue sobre Buda, aun cuando la haya dado otra persona. Indirectamente. Es decir, enlazando en una sola cadena y remitiéndome a aquel que dio la actividad antes que yo. Si antes que yo estuvo un instructor más tranquilo, entonces yo debo ser dinámica. Como continuación, como complemento de lo que ya hubo. ¿Está claro? Esto es especialmente importante no solo en las conferencias, sino también en los encuentros que, en distintos momentos, son conducidos por personas distintas. Si ustedes llevan el ciclo cero, por ejemplo, éste debe ser la continuación de la jornada de puertas abiertas. Si llevan un pequeño grupo, este pequeño grupo debe ser la continuación de la última conferencia formativa general que la gente escuchó, y a la vez un complemento de lo que transmite el instructor que lleva el grupo. Es decir, desde el ángulo del instruccionismo, ustedes deben tener siempre presente la idea de que no inician el proceso instructor de cero, sino que se trata de una especie de relevo y que ustedes simplemente toman la antorcha y luego la pasan al siguiente. Esto significa preocuparse no solo por lo que ya hubo, sino también por lo que habrá. En el plano horizontal, si conducen un pequeño grupo, un encuentro, una conferencia, deben tener ya en mente lo que vendrá después. Qué tema seguirá. Qué encuentro seguirá. Hasta incluso qué instructor lo dará. Si no lo saben, anótenlo en la agenda —preguntar a quien lo sepa. Y si tampoco él lo sabe, entonces deben «obligarle» a que se lo diga. ¿Para qué? Para que, mientras realizan su encuentro, ustedes puedan sacar conclusiones y ya preparar al público para el siguiente. No solo con palabras. Preparar el terreno para el siguiente instructor, para el siguiente impulso, para el siguiente tema. Y preverlo dentro de su intervención. La cuestión de fondo (ahora hablo en el plano horizontal) es que logremos crear una cadena de impulsos. Y que ustedes sepan que responden no solo por ustedes mismos, por su actividad concreta, sino que, desde el punto de vista de la Ley de la Unidad, responden por el proceso de transmisión del impulso. Como eslabón de la cadena. Y que, por lo menos, ustedes deben recibir el impulso de quien estuvo antes, y él debe haber preparado el terreno para ustedes, preparado el terreno para que a ustedes los reciban con normalidad. Y ustedes deben preparar el terreno para que sea recibido con normalidad el siguiente instructor, el siguiente tema y la siguiente actividad. Este aspecto para nosotros ha sido hasta ahora bastante nebuloso y lo seguirá siendo mucho tiempo, pero hay que comenzar a tomar conciencia de él.
Y ahora, desde el punto de vista de la Ley de las Emanaciones, en lo que concierne a este principio en el plano vertical, es decir, en la cadena que desciende desde arriba. Decíamos ayer y lo hemos dicho muchas veces en las reuniones de formadores que cada uno de nosotros tiene una partícula del Maestro. Y al dar una conferencia, al conducir una actividad, al mantener cualquier conversación de tipo formativo, cada uno de ustedes está obligado a entregar una parte de sí mismo. Aunque suene abstracto y teórico. Pero si el encuentro se ha realizado de manera correcta, una parte de ustedes mismos queda en la otra persona. Cómo se desarrollará, qué dirección tomará, qué dará y si dará algo en absoluto, eso ya es problema de la persona a la que ustedes han transmitido. Así pues, el primer punto que debemos tomar conciencia es que llevamos una partícula de HAL. No hablo de la mía. Ahora hablamos del eslabón principal y fundamental que nos vincula, por decirlo así, con el mundo de los Arquetipos. Hablábamos de que, en realidad, dar bien una conferencia, conducir bien un encuentro, pequeño o grande, significa hacerlo como si en nuestro lugar estuviera él. Es decir, transmitir esa parte del fuego primordial, pero con nuestros añadidos personales. El modelo ideal es imaginar que a sus pensamientos ustedes les añaden sus ejemplos, su color. Esto es muy difícil. Pero también este punto, desde el ángulo de la Ley de la Unidad, empiezan a llevarlo a la práctica tomando conciencia de su necesidad. Pueden tomarme a mí también en consideración. Cuando desde la Ley de la Unidad preparo una conferencia, me pregunto: ¿cómo lo explicaría HAL? Para esto conocen bastante a HAL, han leído el folleto verde. Bastan incluso unas pocas frases suyas para comprender su estilo. No porque creemos un culto a HAL, sino porque la partícula de fuego del Maestro a través de la cual él nos transmitió otros fuegos, otra Sabiduría aún inaccesible para nosotros, ya ha sido probada y debe ser transmitida. Porque cuando HAL daba una conferencia, cuando conducía un encuentro, cuando nos hablaba o escribía, siempre escribía, conducía, hablaba y exponía «a imagen y semejanza» de cómo a él le habían enseñado. Añadiendo sus propios elementos, que crearon su estilo personal. Y cuando leemos a HAL, cuando lo escuchamos, una persona sensible, un instructor sensible, puede captar de inmediato el bellísimo sistema con el que Shri Ram y otros Maestros enseñaron a HAL. Porque para una persona sutil esto se transparenta por completo. Y confío mucho en que, si a veces logro ser una buena instructora (y si ustedes no lo han percibido, entonces soy una mala instructora), que a través de la forma, a veces, cuando les enseño, puedan sentir cómo me enseñó HAL. No es mi forma. Y que a través de algunos ejemplos, de algunos momentos, no siempre, por desgracia, ustedes puedan, a través de mí, unirse a HAL. Y ahora ustedes deben ser el siguiente eslabón de la cadena.
A la gente, a los miembros, les falta Lena. Ella también es un eslabón. Y si a través de los encuentros, de las conferencias que ustedes dan, a veces, por un instante, las personas pudieran comprender que «así» les hablaba yo, así los formaba yo, entonces podrían comprender cómo HAL me formó a mí, y cómo los Maestros formaron a HAL. Ésta es una cuestión importante. Y aunque la preparación inicial de la conferencia, del encuentro, y la concentración previa suelen comenzar con la pregunta que yo suelo hacerles en los cursos de instructores: «¿Cómo lo explicarías con tus propias palabras?», hay que elevar un poco más la cuestión. Para que les sea más fácil y para que podamos transmitir eso que oficialmente llamamos la ideología de Nueva Acrópolis, la primera pregunta que plantearemos será: ¿cómo lo haría HAL? Y les aseguro que yo, por ejemplo, sobre todo cuando me preparo para encuentros formativos, siempre, cuando me siento a prepararlos, después de haber reunido y leído mucho material, me planteo la primera pregunta: ¿qué diría HAL? Ése es mi eje. Y luego —ajá, así, así y así. Pero sabiendo cómo lo explicaría HAL —él nunca recurriría a frases intelectuales—; que siempre explicaba lo más difícil de forma sencilla; que hay muchísimas características estables… Entonces me siento y primero busco cómo ser parecida a él. Y cuando capto el eje de su enfoque, de su estilo, de sus puntos clave, de su profundidad, de su sencillez, de su fuerza, de su dinamismo, etc., cuando lo veo todo, entonces sí, añado lo mío. Y éste es un punto muy importante para que la conferencia, desde el punto de vista de la metafísica, sea metafísicamente viva; desde el punto de vista de los Misterios, sea místicamente viva; desde el punto de vista de su finalidad, sea viva. Y el último punto, y la última razón, no menos importante, es que ustedes puedan venir a la conferencia, al encuentro, con plena confianza en sí mismos. ¿Qué suele suceder antes de una conferencia, de un encuentro, sobre todo cuando es la primera conferencia, el primer encuentro, cuando nos ponemos nerviosos, repasamos convulsivamente cinco minutos antes, en el metro o mientras esperamos que empiece, volvemos a leer, memorizamos y allá vamos? El cuaderno bajo el brazo, el hecho de hojearlo, da confianza a la persona. A la persona se la puede calmar solo con recursos humanos, y en realidad eso sucede después de la conferencia. Pero hay que tener otro tipo de tranquilidad, que es especialmente importante cuando, durante la conferencia, sobre todo en la preparación, realmente no sabemos qué decir, ni por dónde abordar el tema ni cómo. A veces uno va como un saco vacío. Treinta páginas, letra menuda, y no se aclara. ¿Y qué aporta esto? A veces, simplemente no hay tiempo para prepararse. «Ah, es un grupo pequeño, no pasa nada —no es una conferencia. Es solo un encuentro, apenas hay cinco personas». Y así se va. Para esas situaciones, hace falta una tranquilidad más profunda del alma. Un alma que se apoya en el Maestro. Es la única entidad en la que el ser humano puede apoyarse; lo demás lo debe hacer él mismo. Se lo digo también desde mis propios veinte años de experiencia en dar conferencias. Y cada vez, se lo he dicho diez mil veces en todos los cursos de instructores, antes de los acontecimientos importantes me pongo nerviosa, pero siempre me calma un mismo pensamiento: ¿cómo actuaría HAL? Y si ni siquiera puedo pensar eso, si en medio del pánico no alcanzo a llegar a esa pregunta, existe un mecanismo automático: la palabra, el concepto «HAL». Y ya está. Luego uno sigue adelante. Sin siquiera pensar «cómo lo diría», «qué diría», «cómo lo explicaría», ni pasar por ejemplos, ni pedirle ayuda o no pedirla, sino simplemente: «¡HAL!» —y seguimos. Esto, desde el punto de vista de la Ley de la Voluntad, de la Unidad, del retorno a las fuentes, cada instructor debe tenerlo como un estado del alma. Ustedes, además de HAL, tienen un pequeño eslabón intermedio: a mí, Delia. Yo tengo a Delia y a HAL. Pero lo que respecta a HAL es algo verdaderamente especial. Y entonces podremos estar tranquilos de que nuestra doctrina no se distorsionará. Y podremos estar tranquilos de que no nos desviaremos del Camino, y de que no permitiremos libertades que tienen más que ver con los aspectos de nuestra persona que con el verdadero alma.
Y ahora, si hablamos de la Ley de la Unidad dentro de la propia conferencia. Si tomamos ahora no al instructor mismo, no el estado que debe tener. En realidad, ¿qué tipo de unificación debemos realizar en la conferencia, en el encuentro? ¿Con quién y entre quién y quién debemos unir? Hay tres planos de unificación que deben darse durante la conferencia, durante el encuentro: en el plano espiritual, en el psicológico y en el físico. En cuanto a la unificación en el plano espiritual y al hecho de que a través de la conferencia deben filtrarse siempre momentos de doctrina, de filosofía, de arquetipos, etc., eso lo entendemos. Pero hay algo más. Existe el hecho de que cada instructor es un eslabón intermedio entre el público, los oyentes, y ese «algo» con lo que hay que unirse. Y para que ustedes puedan unir, es decir, llevar hasta el oyente esas ideas eternas, esos arquetipos, primero deben unirse ustedes mismos con ellos. Y en el sentido de que todos los oyentes, independientemente de si están de acuerdo con ustedes o no, de si escuchan o no lo que dicen, deben, a lo largo de la conferencia, unirse con ustedes. Y son ustedes quienes deben lograrlo. Eso no está dado desde el comienzo de la conferencia, ya que el público, sobre todo en una conferencia pública, suele ser de lo más variado…
…prever ciertos momentos que dispongan a la gente hacia ustedes. Deberían haber creado al inicio de la conferencia los llamados lazos invisibles, gracias a los cuales podrán luego llevar la conferencia o el encuentro hasta el final. Su tarea en este contexto consiste en que ustedes deben convertirse para las personas, especialmente si trabajan con ellas durante largo tiempo como instructores, en alguien cercano y entrañable. Aunque prácticamente no hablen con ustedes, porque en las conferencias grandes ni siquiera llegan hasta ustedes. Aunque no tengan con ellos contacto verbal, o muy poco. Pero deben hacer todo lo que esté en sus manos para convertirse para ellos, no tanto en una autoridad, sino en una persona «de casa», de confianza. Y esto no significa solo romper el hielo inicial, sino estructurar la conferencia, y especialmente la primera parte del encuentro o los primeros encuentros, si los conducirán ustedes de manera permanente, de tal forma que lleguen a quererlos. No por ustedes mismos, sino para que, al quererlos, al sentir cierta calidez, respeto, admiración por ustedes, puedan recibir más fácilmente lo que van a transmitirles. Porque si aparece en escena un «espantajo» a hablar de cosas sublimes, al verlo, no se percibirá lo sublime. O si sube al escenario una persona muy profunda, que lanza ideas profundísimas y ejemplos profundos, pero no posee ese fluido, si él como persona, como ser, incluso si lo ven por primera vez, no llega a la gente, entonces la gente no lo recibirá. Estará transmitiendo y hablando completamente en vano. Y cuidado, lograr la disposición de la gente no significa solo bromear, hacerlos reír, o, como muchos hacen instintivamente, ponerse patéticos, exaltados, hablar de cosas bellas y elevadas. No. Es algo para lo que no hay recetas. Es algo innato en cada uno de nosotros. Cada uno, independientemente de que sea instructor o no, tiene dentro de sí algo atractivo y digno de admiración, digno de que otros lo miren y se admiren. Y la preparación para ser instructor y la preparación de la conferencia significan abrir ese «algo». No siguiendo recetas. Simplemente comenzando por el deseo de crear lazos con quienes lo escuchan. Lo demás —la forma, el estilo, los gestos, el modo de acercarse a la gente— ya lo sugerirán la intuición y el alma. Y éste también es un punto sutil que hay que aprender primero a reconocer. Al menos mantenerlo en la memoria para que poco a poco comience a manifestarse. Tener en cuenta, desde el punto de vista de la Unidad, que la gente debe estar unida por su personalidad, por su presencia, por ustedes, para poder comprender la conferencia. Lo quieran o no, ustedes son el centro. Y como el sol, todo parte de este centro. Teniendo esto en cuenta, hay que tomar conciencia también de que una cosa es «contar» y otra es «transmitir». Contar se puede durante mucho tiempo y muy bellamente, pero transmitir es mucho más difícil. Y que, en este contexto, transmitir significa sembrar semillas en el alma de la persona. Sembrar algo. Es decir, tocar al ser humano con algo. Y desde el ángulo de la Ley de la Unidad, la transmisión más perfecta se da cuando ustedes, como centro, sienten al grupo como un solo organismo, como un todo. Y no se trata de tocar a una persona concreta. No de hablar para las personas «buenas y simpáticas» que los miran y sonríen, mientras los demás duermen. Sino de tocar lo que llamamos el alma colectiva del grupo.
Y paso enseguida a la unificación en la conferencia en el plano físico, luego volveremos al psicológico. Unir al grupo significa crear, en la conferencia, en el encuentro, un pequeño alma colectiva o forma colectiva, un banco colectivo, si recuerdan. O despertar el alma colectiva. Y dirigirse no a las personas individualmente, sino al alma colectiva del grupo. El efecto de dirigirse así consiste en que lo que ustedes dicen será escuchado por todos. Y será actual para cada uno. Y al preparar la conferencia no tendrán que buscar ejemplos para «especialistas», ejemplos para «candidatos», ejemplos para «medianitos», etc. Simplemente buscarán ejemplos. Y si logran esta unidad del grupo, este alma colectiva del grupo, entonces este inconsciente colectivo repartirá a cada uno aquello que le sea actual. Es decir, cada cual comprenderá de sus palabras lo que, para él, es actual. Eso es lo que se llama transmitir o sembrar. Y desde ahí, en lo que respecta a la unificación, hay que tener mucho cuidado de adaptarse a la medida del grupo. En su justa medida. Sin dejarse arrastrar por el grupo. Lo hemos dicho en muchos cursos de instructores. Normalmente, para que «nos entiendan», simplificamos demasiado, adaptamos demasiado, lo ponemos todo demasiado «en cajoncitos» para que sea «para todos y cada uno». Y eso impide crear el alma colectiva. Hay cosas que deben ser enunciadas tal como son. Sobre todo las cosas principales, esenciales. Independientemente de nuestro miedo a que se comprendan o no. Y precisamente esas cosas, dichas para todos y sin adaptación, crean el eje del alma colectiva del grupo. Y entonces sienten que el grupo los escucha como un solo organismo. Y cuando lo que dan es lo que el organismo bebe y distribuye entre sus células, entonces han llegado a la unificación.
Y el último punto, en el plano psicológico. Aunque ahora les parezca abstracto, también aquí les siembro algo que algún día comprenderán. Desde el punto de vista de la unificación en el plano psicológico, hablábamos de que hay que enseñar a las personas, no solo a transmitir información, no solo a transmitir puntos clave, sino que, al dar la conferencia, al llevar el encuentro, hay que enseñar a las personas a pensar y a sentir, a razonar y a sentir. Es decir, no limitarse a que comprendan algo, sino conducir al grupo entero hacia enfoques comunes en sus pensamientos y emociones. Trabajar con ellos en el llamado plano psíquico. Que, mientras asimilan información, aprendan a la vez a reflexionar, a sentir, a discernir y a reaccionar en consecuencia ante todo lo que los rodea. Y en este contexto, decíamos también —y HAL lo subraya, sobre todo para los instructores— que cuando dan una conferencia, trabajando simultáneamente con los sistemas de pensamiento, con las imágenes o con los sistemas de sentir, y tratan de transformarlos, especialmente deben enseñar a la gente a aprender de la Naturaleza y de la Vida. Es decir, como dice HAL, que aquello de lo que ustedes hablan sea solamente un modelo que puedan aplicar y a partir del cual puedan aprender de la Naturaleza y de la Vida. HAL da un ejemplo muy sencillo. Si hablamos de Platón. En lugar de decir: «Platón, en su Timeo, habla de la Ley de los ciclos, de que todo tiene su principio y su fin, que todo muere y renace», podemos acercarnos al mismo Platón de otro modo. Decir: «¿Han mirado la Naturaleza? ¿Han visto un árbol, han visto las hojas? En cierto momento mueren, caen del árbol, y luego en primavera vuelven a nacer. De eso mismo que vemos en la Naturaleza hablaba Platón en su Timeo, con tales y tales ejemplos». Otro ejemplo de HAL: en lugar de decir «los estoicos decían que hay que aprender a soportar», pregúntenles: «¿Han visto una gota de agua que —ésta ya la he robado diez mil veces— cae en el mismo punto durante mil años?». Y desarrollamos el tema a partir de ese momento: «los estoicos decían que sí, la paciencia es…». Es decir, el enfoque debe ser el contrario. No empezar con la información y terminar con ejemplos, sino, en la medida de lo posible, comenzar con ejemplos, para que la gente aprenda a analizar lo que sucede, y terminar con la información, el estudio, como confirmación de esos ejemplos tomados de la vida. Y su tarea, desde el punto de vista del trabajo con los pensamientos y las emociones de las personas, consiste en que aprendan, independientemente del tema que enseñen, del tipo de encuentro que lleven en un Departamento, que el ser humano puede y debe aprender en todas partes y de todo. Que el ser humano siempre está aprendiendo de todo, y que en los encuentros se sacan las conclusiones, se sintetiza lo que ha aprendido en la vida y se utiliza. Y por eso también HAL llama la atención en cuanto a que hay que tener cuidado con los ejemplos: no deben ser todos del mismo tipo. Si queremos unificar a la gente en una misma manera de pensar, en una misma forma de sentir. Si tomamos uno o dos ejemplos de la Naturaleza, el siguiente debe ser de la vida política y social. Luego uno de la ciencia, luego uno del arte, luego uno de alguna noticia que escuchamos en la televisión, y otro de la vida común y corriente de cualquier persona. Y en cada conferencia, a través de sus ejemplos, sea cual sea el tema que expongan y lo que sea que conduzcan, la persona debe percibir esta gama de momentos diversos, unidos por un mismo enfoque del pensar. Y también doy ejemplos de HAL. HAL dice que uno puede aprender infinitamente más conduciendo un coche a 180 km/h que hablando de esa misma velocidad y de las sensaciones en una conferencia. Y la gente debe saber que existe la Vida, que en todas partes y en todo momento les enseña, y que la confirmación de este aprendizaje la encuentran en su conferencia. Y si logramos que las personas consideren todo lo de alrededor de tal modo que automáticamente, como estado de conciencia, saquen conclusiones, surjan reflexiones, se produzcan impulsos de comprensión más profunda, entonces ustedes unen a esas personas desde el punto de vista de la segunda característica del discipulado, que se llama investigación.
La siguiente Ley, la Ley de la Consagración, de la Iluminación. Arder, espiritualizar, etc., lo vimos ayer. No existe ser que no esté espiritualizado, que no posea su propia luz. Y el mal, la oscuridad, son el alejamiento de la Luz. La parte escolástica ya la hemos comprendido. Desde el punto de vista de la Ley de la Consagración, ser instructor significa transmitir fuego, encender, «estar enfermo», inspirar. Esto ya lo hemos visto diez mil veces. Y también vimos que, desde el ángulo de la transmisión de la luz, uno mismo debe ser permanentemente un «tipo o chica caliente», instructor. Cuarenta grados de temperatura, como mínimo. El instructor debe estar siempre enfermo. A mí, como instructora, como responsable, como MN, me desagrada profundamente que ustedes estén «enfermos» de todo menos de sí mismos; desde el punto de vista de la Ley de la Iluminación, deben estar enfermos de la idea, del sueño de lo que van a transmitir. Y en este contexto, no solo de forma simbólica, sino muy concreta, el instructor realmente debe estar un poco enfermo. Desde el ángulo del instructor, desde la Ley de la Consagración, debe estar enfermo no solo del tema, no solo de la información concreta que expone, sino del propio instruccionismo, del hecho mismo de ser instructor, del hecho mismo de la transmisión. En primer lugar, para que se conviertan en buenos instructores, por mucho que, como a mí, siempre les quede el miedo, siempre quede la contrariedad: «Ay, otra conferencia más», en el fondo del alma deben desear, soñar, amar ser instructores. Esto se llama estar enfermo de una idea. Estar enfermo del mismo instruccionismo. Y de vez en cuando, para que se haga más llevadera la vida, podrían pensar hasta qué punto el instruccionismo no es una terrible responsabilidad y un deber, sino algo maravilloso, algo extraordinario, un honor. Que, según la Ley de la Iluminación, transmitir fuego es un proceso bellísimo. Aunque nadie los comprenda, aunque nadie reciba nada, aunque nadie asimile nada. Pues que así sea. Pero ustedes deben ser artistas de su oficio, amar su arte de transmitir, vivir de él. Aquí parafraseo a Marco Aurelio: «¿Acaso el alfarero ama más sus vasijas, acaso el herrero ama más sus espadas, acaso el labrador ama más sus semillas y su huerto que el instructor ama el propio proceso de transmitir y a sus discípulos?». Y aunque es una frase que ha sonado diez mil veces desde todos los ángulos —que el instruccionismo es misión, que hay que vivir de él—, estoy segura de que, si los despertara a las cuatro de la mañana, podrían repetírmela de memoria, porque tanto la hemos machacado. Entonces, ¿por qué entre los instructores, tanto del ciclo cero como de la gran escena, veo tan pocos instructores por vocación, por destino? Gente que sienta este quehacer como su destino, como su vocación, como aquello sin lo cual simplemente no podría vivir, porque queda un vacío sin llenar; como algo por lo que hay que luchar, que hay que amar, en lo que hay que tener esperanza. Y he visto muy pocos instructores que, cuando los «alegré» con su primera conferencia o su primer pequeño grupo, no lo hayan recibido como una nueva condena, o como un «presente» obligatorio. No se escondan, no hay nada que ocultar. Además de tener que estar presentes, hay que ser instructor en el alma. Y si, durante las sesiones del curso de instructores, por mi culpa (puedo contarles todo esto de forma muy aburrida) o no por mi culpa, ustedes no llegan a amar y desear ser instructores, entonces yo tendré un gran problema. Y si volvemos a HAL, a Delia, a mi pequeña y modesta persona, creo que pecamos de todos los pecados, pero que amamos transmitir, eso sí. Puede que no sepamos hacerlo, es otra cosa, pero ¡ay de nosotros si un día nos cancelan alguna conferencia, alguna posibilidad de transmitir algo, de contar algo, de encender! Entonces ya no seríamos nosotros mismos. Seríamos como ramas secas, arrancadas de sus raíces y sin recarga. No en vano vuelvo siempre a mi bazo, para hacerlos reír otra vez. Todos me cuidan, me cuidan, y yo lo que pedía era que me dieran el primer ciclo; lo pedía no tanto para sostener el primer ciclo, sino para sostenerme a mí misma. Porque sé que desde el momento en que me pongo delante de la gente, cuando ya no hay escapatoria, aunque el estómago haga ruido, aunque alguien esté comiendo en el bar, para mí —que se vayan todos con dios— ha comenzado mi elemento. Y mientras no termine, no habrá ni bazo ni nada parecido. ¿Está claro? Es un arte. El mayor, el más grande. Ni siquiera es el arte de la palabra, sino el arte supremo. Y dentro de él caben el arte del trabajo manual y todo lo demás: la misma transmisión que debe manifestarse en el instruccionismo, se manifiesta luego en todas partes. Y si hablamos de instructores desde el punto de vista de la segunda Ley, la Ley de la Consagración, los instructores deben ser los más grandes maestros de la entrega, la clase superior de la entrega, el ejemplo en ello. Porque lo que se elabora y acumula en toda una vida a través del trabajo, lo que se recibe a través de las distintas formas de existencia, en la Escuela y en la vida personal, todo eso luego, cuando dan una conferencia, cuando conducen una charla, un encuentro, todo eso se entrega, el conjunto entero de la experiencia, no una sola parte, ni dos, ni tres. Se entrega todo lo que tienen. De suyo es innecesario que yo diga esto si ya no está sembrado en algún lugar. Y todas nuestras sesiones para instructores y los pequeños grupos y las conferencias no son más que un ensayo para, a lo largo de muchos años, descubrir sacerdotes, maestros de la entrega. Desde el ángulo de la Ley de la Consagración y la espiritualización, si un instructor llega a ese estado, da igual cómo se haya preparado, qué fuentes haya consultado, si ha leído diez libros o solo la conferencia de otro. Éste es el eje, el canal, esto es aquello por lo que vivimos, y cuando existe un «para qué» hacemos algo, entonces no somos solo nosotros quienes actuamos; entonces se produce la consagración, la iluminación, la espiritualización. Y a esto hay que darle vueltas. Y, en lo que respecta a los responsables de Departamentos, etc., siempre decimos: «si no puedes, inténtalo». Pero para los instructores hay un plazo, un período, después del cual o son, o no son. Y es mejor no tocar este ámbito, no llegar hasta él, no arruinarle la vida ni a uno mismo ni a los demás, que hacerlo a medias. Ésta es la especificidad del instruccionismo. Lo llamemos Ley de la Consagración o de otro modo. Porque, en este contexto, el instructor se vuelve realmente sacerdote y mago, y no hay sabio, ni mago, ni sacerdote «a medias». O es entero y completo, o no es. Y si dan la conferencia o conducen el encuentro desde el principio con ese estado del alma, entonces su encuentro podrá salir bien o mal, no importa cómo discurra, si todos se duermen o no. Entonces se realiza el Misterio de la célebre Ley de la Consagración desde el punto de vista del instruccionismo, porque cuando el instructor, al dar la conferencia, transmite fuerza, despierta en las personas una fuerza elemental que las sostendrá durante un cierto período. Es el momento de Amor‑Intuición, el momento de la bendición. Si los verdaderos Grandes bendicen transmitiendo una fuerza interior real mediante el contacto, el instructor tiene como instrumento la Palabra sagrada. De ella hablamos en el maratón anterior. Y deben comprender que, en este sentido, el instructor, según la segunda Ley, trabaja realmente como médico, como terapeuta, que cura, que sana. Podemos reírnos, pero la conferencia, el encuentro y el pequeño grupo son una sesión que, en las cumbres del maestrazgo, se realiza conscientemente. Y en cumbres menos altas, gracias a esta actitud de instructor: vengo porque es mi vocación. Tengan en cuenta que la fuerza que transmiten a la persona, a las personas, al grupo, al alma colectiva, es una fuerza que debe mantenerse durante un cierto tiempo. Así se pone en marcha ese proceso de catarsis del que también hemos hablado diez mil veces. Entonces las personas, cuando salen de su conferencia, no solo se sienten mejor, más limpias porque se liberan de la suciedad con que han llegado, sino que se vuelven mejores. O por lo menos se les dan conscientemente las condiciones para volverse mejores. Éste es el segundo logos. El resultado del instruccionismo desde el punto de vista de la Ley de la Consagración: la persona debe volverse mejor después de pasar por ustedes. Debe volverse mejor o debe encontrar las condiciones que ustedes han creado en la conferencia para utilizarlas luego en la vida externa. Cuántas «sesiones», conferencias, encuentros, contactos serán necesarios para ello, depende de la persona. Y, en este contexto, desde el punto de vista de la conferencia, deben llegar a un estado (yo lo sentí en relación con las conferencias de HAL, y creo que muchos de ustedes lo sintieron desde los primeros momentos también) en que ustedes viven de conferencia en conferencia, y que sus alumnos, su gente, viven de un encuentro al siguiente con ustedes. Esto es lo que se llama el segundo logos o principio de la consagración, o maestrazgo superior. Siguen sin estar apegados a ustedes, sin depender de ustedes, pero vienen a ustedes como a una fuente donde pueden beber y luego seguir viviendo. Y cuando sienten de nuevo sed, vuelven otra vez y viven de ustedes. Y si no llegan a eso, del instruccionismo no saldrá nada.
Y pasamos al tercer principio. El principio de la Diferenciación. También lo hemos mencionado ya de muchas formas y antes. Lo mencionamos incluso en la primera parte de nuestra sesión. Se relaciona con la mente superior, con manas, con la capacidad de captar arquetipos. Si recuerdan, en Fuerzas Vivas decíamos que cuando la Luz comienza a actuar, se descompone en una gama de colores, y eso se llama principio de la Diferenciación. Desde el punto de vista del instructor, ¿cómo funciona el principio de la Diferenciación? En primer lugar, tiene que ver con la toma de conciencia o comprensión de lo que ya hubo. Y de esto hablamos antes, cuando decíamos que la persona, si habla de algo, debe sostenerlo conscientemente. Cuidado: no confundan la toma de conciencia con haber encontrado globalmente la Verdad sobre ese tema. Es decir, ustedes enseñan a otros, pero deben comprender por sí mismos que toda información, toda formulación, todo consejo o toda enseñanza que llega hasta ustedes, exige una nueva toma de conciencia a su nivel. No una toma de conciencia completa, sino una nueva toma de conciencia a su nivel. Es decir, exige que, al menos en algo, esa información deje de ser una pura abstracción… Transmitir conscientemente. Y cuando se transmite conscientemente, entonces pasamos al proceso de diferenciación dentro de la conferencia, entonces es posible diferenciar. Explicaré qué significa. ¿Qué quiere decir diferenciar? Quiere decir que, cuando preparo y doy la conferencia, primero debo comprender para mí misma y luego transmitir a los alumnos la esencia principal o la idea primordial de la temática, o lo que también se llama el arquetipo del tema. Es ese eje inicial y fundamental, la tesis desde la cual empiezo a «bailar» y alrededor de la cual se construye toda la conferencia. Si, por ejemplo, hablo sobre el Estado de Platón, entonces tengo una tesis principal: «como es arriba, es abajo». Armonía arriba —armonía abajo. El Estado debe ser reflejo de la Armonía del Mundo. La tesis principal, única, que lo abarca todo, la idea central, el arquetipo. La encuentro, y alrededor de él construyo mi charla. Después de conocer la tesis principal, la idea central del tema, que suele ser, como todo lo genial y grande, muy sencilla, debo aprender a formularla para mí misma en una o dos frases que contengan todo. Después paso a la diferenciación. De la idea general a la diferenciación, es decir, veo a través de qué puntos clave se puede explicar esa tesis, esa idea central. Esto es lo que se llama «diferenciación». Hay una Luz primordial, una idea, y luego hay una gama de puntos clave, y cada punto clave de esa gama contiene o puede conducirnos a la idea primordial. Si hablo de la estructura vertical de la pirámide del Estado en Platón, o de cuatro tipos de hombres, o de los distintos mundos —inteligible y sensible—, o de las cuatro edades, o si digo que hay tales y tales tipos de guerreros en el Estado, o que hay tales y tales tipos de educación, toda esa gama de puntos clave debe confirmar de algún modo la idea principal o ilustrar un aspecto de la idea central. Todo ello, en realidad, habla de en qué consiste el reflejo del Orden Cósmico en la tierra dentro del Estado. Esto es lo que se llama diferenciación. En cada punto clave del que ustedes hablan, hay un «subcontexto» de esa idea que, en la mente de quien escucha, confirma la idea central o permite desplegarla. Y, desde el punto de vista de la Diferenciación, cuando dan los puntos clave, cuando despliegan la idea central, hay una forma muy útil que pueden usar en la conferencia. La utilizaron todos los filósofos antes que nosotros. Se llama diálogo. No se trata solo de que ustedes planteen una pregunta y alguien del público responda, porque a veces es posible y a veces no. Se trata de construir la concepción de la conferencia, los puntos clave, los arquetipos, sobre la base de preguntas y respuestas que ustedes mismos formulan. De una cierta suposición surge tal pregunta; de esa pregunta nace tal respuesta, y de esa respuesta surge la siguiente pregunta. Es el célebre método de Sócrates, de Platón, y ayuda muchísimo, por un lado, a que la gente capte la esencia de lo que están contando, y por otro lado, si ustedes enseñan a trabajar con puras abstracciones o con ideas puras (esto es Manas), deben desarrollar en ellos el hábito de reflexionar formulándose preguntas en un sistema de diálogo consigo mismos. Es decir, el nacimiento de preguntas a partir de problemas determinados y la búsqueda de respuestas a ellas. Deben llevar a la persona a comprender que comprende bien, o es sabio, o capta la esencia, aquel que sabe formular la pregunta en el punto justo. Formularla para sí mismo, y ni siquiera tanto a otro. Porque la pregunta en el punto justo conduce a nuevas búsquedas. Y si, al preparar la conferencia desde el punto de vista de la Diferenciación, no les surge ninguna pregunta sobre el tema, sino solo constataciones, significa que la están preparando mal. Y deben ya acostumbrarse, para que los suyos también se acostumbren, a que, cuando preparen la conferencia, después de tener el esquema de puntos clave, de información, preparen también una lista de preguntas. Y, con el mismo sistema que ya debe volverse natural para ustedes, que cuando plantean una pregunta, encuentran la respuesta, y esa respuesta automáticamente los lleva a una nueva pregunta. Automáticamente. Con este mismo sistema, la Ley de la Diferenciación, es decir, el trabajo con Manas, el instructor debe ser, simbólicamente hablando, una persona que en el marco de su actividad dé la posibilidad a sí mismo y a los alumnos de retirar velos. Decíamos continuamente que abrir los puntos clave significa volver constantemente a lo mismo y encontrar en ese mismo algo nuevo —nuevas revelaciones, nuevas comprensiones. Y esto nuevo, que se halla sobre la base de lo viejo, es lo que llamamos retirar un velo más. Y hay velos infinitos. Y, si tenemos en cuenta el principio de la Diferenciación, el instructor debe trabajar, ya lo hemos dicho, según un sistema de revelaciones, de retirada de velos. Primero en sí mismo, y luego, durante la conferencia o la charla, procurando que la gente descubra algo nuevo en aquello que ya había escuchado diez mil veces. Y si en su conferencia no tienen esos momentos en que ustedes sienten que algo es una revelación para la gente, y cuando la gente realmente, aunque solo sea una vez, comprende algo nuevo, entonces su conferencia es un fracaso desde el punto de vista del principio de la Diferenciación. Esto deben tenerlo en cuenta al hacer el balance.
Pasamos al principio de la organización, uno de los más comprensibles —kama‑manas. Como dijimos la vez anterior, es la lógica, por un lado, y por otro, el trabajo en el tiempo y el espacio. Y hemos repetido diez mil veces que el instructor debe primero organizar su conferencia. ¿En qué sentido? Debe tener determinadas cosas ordenadas en «estantes». Hablamos ya de que hay un plano de puntos formativos y uno informativo, pero no olviden que en todo ello debe existir su lógica, y que, después de revisar toda la conferencia, de prepararla, independientemente del cuaderno que tengan, deben ya tener en la cabeza y recordar de memoria el esquema lógico de los puntos formativos y el esquema lógico de la información: un modelo muy sencillo y corto, por puntos, de los puntos principales de la conferencia. Y deben estar lógicamente vinculados entre sí. Es decir, deben distribuir los puntos de tal manera que estén construidos según la Ley de las Emanaciones o según la Ley de los Números: de un punto se desprende el segundo, del segundo el tercero, del tercero el cuarto. Es muy peligroso, decía HAL, crear el esquema de una conferencia, los modelos, el modelo organizativo de la conferencia, sin vincular los puntos entre sí. Es decir, contamos sobre Buda, por ejemplo, como suele hacerse: primer punto —vida; segundo punto —época en la que vivió. Tercer punto —obras, lo que hizo. Cuarto punto —enseñanza. Quinto —muerte. Un modelo muy simple. Pero falta el vínculo lógico: para qué, por qué los hechos se desprenden de la vida o la vida se desprende de la época histórica en la que vivió; por qué, si luego va el punto «formas de su labor», por qué esas formas se desprenden de la época histórica; si luego va el punto «enseñanza», cómo de su labor se desprende la enseñanza; si luego va la muerte, cómo de su enseñanza se desprende el final de su vida. Esto lo omitimos muy a menudo. Lógica, pero no una lógica racionalista, sino una lógica con sentido, formativa, fundamental. Y lo más importante —cuídense de los esquemas muy largos, de diez mil puntos. En ese modelo que deben saber de memoria hay puntos principales, y todo lo demás se encuentra dentro de ellos. Para no caer, en la conferencia, en el error tan difundido —del que ya hablamos—: pasa media hora de conferencia y «esto lo omití, esto no lo conté… ya sigo».
A.V.G.: Hay otro punto. Hicimos la pausa y ya lo contaste todo.
Eso mismo digo: pausa y ya está todo contado. Y en este contexto, el tema debe organizarse del siguiente modo. Es un punto de experiencia, y de él habla también HAL. Normalmente, en nuestra grandiosa comprensión de que lo principal son los puntos formativos de la conferencia (y es verdad), en la conferencia sobre Platón, sobre Sócrates, sobre la filosofía de la historia, sobre matemática esotérica, se hablan siempre de los mismos puntos sin que la gente llegue a enterarse de quién fue Sócrates, qué dijo Platón, qué es la matemática esotérica. Porque todo se construye sobre puntos formativos, y la gente, sobre el tema mismo, en general, sabe muy poco. Éste es un extremo. Y el otro extremo es cuando se acumula información, de modo que sobre el tema se sabe todo, pero el por qué y para qué de ese tema, solo dios y la ciencia lo sabrán. Normalmente, la conferencia se construye de forma que haya, por lo menos, mitad y mitad: cincuenta por ciento de información interesante y cincuenta por ciento de formación. Y que estén entrelazadas entre sí, pero de esto hablará otra Ley. Que cada punto formativo, si es posible, esté apoyado por un hecho interesante relativo al tema, y a la inversa, que cada hecho interesante esté sustentado por un punto formativo interesante. Y cuídense del aburrimiento.
La siguiente Ley es la Ley de la Psíquicidad, que, desde el punto de vista del instructor, habla del proceso de creación de formas astrales y mentales colectivas. ¿En qué consiste este proceso, teóricamente? Consiste en que, si hay ideas y elementos que la persona no debe olvidar, o que es necesario que estén siempre presentes en su vida y se conviertan en motor de sus tomas de conciencia y sus revelaciones, hay que hacer que determinadas palabras, términos, se vuelvan parte del vocabulario, expresiones frecuentes en la vida diaria, tema de chistes, escenificaciones, felicitaciones, brindis. Esto se llama forma astral‑mental colectiva. Hasta el punto de que debemos llegar a sentir, a veces, que ya nos hemos pasado, que hay conceptos que se usan por todas partes, que se «mastican» en todas partes, y que más valdría dejar de hablar de ellos (obviamente, hay que cuidarse de que no se distorsionen). El concepto de «sueño», recuerden cuánto… o «ciudad dorada». Ya todos los miembros lo repiten, despierten a cualquiera, de cualquier centro urbano: «Sueño, Don Quijote, ciudad dorada, esperanza, HAL, paciencia, esperanza forma fe» —frases hechas que son importantes no por el hecho de usarse, sino como prueba, como señal, como resultado de que algo ya se ha convertido en alma colectiva, es decir, forma colectiva de pensar y de percibir. Y esto, por un lado, es una tarea pesada, pero cuando dan la conferencia o conducen la actividad, deben ayudar a volver una y otra vez sobre estas formas astral‑mentales, alimentarlas, pero con cuidado, sin provocar rechazo, sin moralizar, sin sermonear. Y en realidad, como decía HAL, crear formas astral‑mentales colectivas, o, como también se llaman, bancos de carga, que luego actúan por sí solos como pequeños devas, guardianes, es la base del trabajo con las emociones durante la conferencia o el encuentro. En primer lugar, no hay que olvidar, dice HAL, que toda actividad debe estar cargada emocionalmente. ¿Qué significa cargada emocionalmente? Si hay una carga emocional que ustedes transmiten, significa que, a través de todo lo que dicen, despiertan el llamado estado de devoción, o trabajan en el rayo de la devoción. Es decir, a través de las emociones deben despertar la devoción a la Escuela, al Sueño, al Maestro, el estado de devoción a lo Bello. Y por eso se dice que, a lo largo de la conferencia o de la actividad —esto ya es maestría de alto nivel—, hay que planificar conscientemente, en la medida de lo posible, que durante la actividad existan momentos de los llamados «shocks emocionales». O, dicho de modo más «normal», golpes emocionales, que tienen una doble función. La primera función es llevar o provocar momentos de sueño, aspiración, pureza, catarsis, por un lado, y despertar emociones elevadas, necesidad de algo grande, bello. Y, por otro lado, provocar momentos de catarsis en el sentido de vergüenza, de conmoción, de inquietud, cuando se habla de cosas que deben conducir a una reconsideración interior, que deben producir determinados quiebres internos. Y, por supuesto, esto debe hacerse con mucha delicadeza. No se trata de gritar a pleno pulmón, de desgarrarse el pecho, la espalda o lo que sea. Hay dos variantes de cómo se hace, de cómo se provocan estos brotes de emociones que conducen, ya sea a lo elevado, ya sea a momentos de ruptura interior, de re‑planteamiento. Pueden ser momentos muy suaves, bellos, que susciten —ya lo dijimos en maratones anteriores— lágrimas, ya de enternecimiento, ya de desesperación, o ni siquiera de desesperación, sino de toma de conciencia de hasta qué punto hemos caído bajo, según cierto criterio. No lágrimas externas, sino cuando llora el alma. O pueden ser momentos fuertes, de emocionalidad elevada. Esto incluye todo el abanico: la voz y todo lo demás, pero es cuestión de entrenamiento, y suelen darse en golpes imprevistos, cuando los oyentes menos lo esperan. Es un punto sutil, pero muy importante, sobre todo si hablamos de cosas grandiosas. Los antiguos recuerdan a Fernando Schwarz. Todos «ji‑ji, ja‑ja, muy bien, sí, sí», y al final —¡AVE! Pero esto es para instructores de Fuerzas Vivas, no para instructores de gran escenario. Esos momentos emocionales son muy importantes, especialmente cuando se trata de temas fuertes. Cuando ustedes casi no sienten cómo se eleva la voz, la fuerza de la palabra, el silencio en la sala, todos los miran, y ustedes ven que llegan a la culminación, antes de eso deben primero calmarlos. Adormecerlos un poco, «la‑la‑la» bellamente, y luego sienten el momento —¡zas! Y luego vuelven a adormecer, a relajar, a hacer reír, y ya está. Pero estos momentos emocionales de la conferencia, bellos y poderosos, deben estar previstos. Naturalmente, en los encuentros dentro de los Departamentos se recomienda usar la variante suave. Que no vaya Marina y diga: «¡Bisturí!» —así no se queda nadie. O Lesha Sídorov: «¡Los voy a grabar para la historia!». Es evidente.
Y, por último, desde el ángulo de la Ley de la Psíquicidad —la conferencia, la actividad, es teatro. Iniciático, como modelo ideal; y «corriente», como modelo no ideal. ¿En qué sentido? De nuevo, hablábamos de que el instructor es un actor. Y no importa qué conduzca —un encuentro, un Departamento, un pequeño grupo o una conferencia—, de todos modos debe hacer que la gente no se limite a escuchar, sino que participe en lo que cuenta. Y ¿por qué digo «participar» y que esto es «teatro de un solo actor»? Cuando cuentan un suceso, sobre un personaje determinado, deben lograr que los oyentes vivan lo que vive el personaje, que vivan con él, que se trasladen como si vieran una película, una telenovela. No contar nada —especialmente cuando se trata de vidas humanas, de sucesos vivos— como observador externo. Eso es lo peor. Hay que contar pintando, embelleciendo. Si cuentan cómo ardía Giordano Bruno en la hoguera, ustedes mismos deben sentir miedo, para que los oyentes sientan el fuego, para que les dé pena el hombre. Para que sientan qué sienten los discípulos al ver partir a ese hombre, para que sientan lo que significa marcharse a otro mundo y, sin embargo, permanecer aquí abajo. Que no sea un relato, sino una escena. Es muy importante. Desde el ángulo de las emociones, esto hace posible trasladarlos al mismo tiempo a la situación de la que se habla y vivirla con ustedes. Tengan en cuenta, un pequeño añadido, que sus oyentes, por muy inteligentes que sean y por muchas veces que lo hayan oído, son como niños que llegan y esperan a que se alce el telón. Y ustedes no les cuentan simplemente un «cuento». Ellos esperan el telón alzado. Y para que no se convierta en un relato científico con tales y tales datos, para que no resulte aburrido, deben vivificar el relato. Hacer que los personajes y los hechos cobren vida ante ustedes y ante ellos. Que la gente como si viera, sin ver nada. Y para eso, ustedes mismos deben ver.
El siguiente principio es la Ley de la Actividad, de la Acción. Como decíamos, es el famoso dinamismo. Vencer la inercia. Y, naturalmente, esto determina los roles y funciones del instructor en la actividad. Si según la Ley anterior él es un actor, según esta Ley es un combatiente, un guerrero. Explicaré. Tengan en cuenta que cuando ustedes llegan a escena —ay, cuántas veces lo he experimentado con ustedes, incluso hoy—, cuando llegan con su pequeño fuego, con su pequeño impulso, dispuestos, ven delante rostros que, en cierto sentido sutil, se convierten para ustedes en queridos enemigos, porque cuando llegan con algo nuevo, ellos aún están encerrados en lo viejo, en su inmovilidad, su ceguera, sus manías y pequeñeces. El primer estado que surge es armarse con casco, con escudo, como Don Quijote contra los molinos: ésta es la Ley de la Acción. Don Quijote ataca a los molinos porque, para los de afuera, son molinos, pero para él son queridos enemigos; hay que penetrar en cada uno, sacudir a cada uno. Hay que lograr que ese fuego que traen, esos consejos, esa enseñanza, sean más fuertes que la inercia global de los presentes. Qué difícil es. Ése es el factor que determina la dinámica de la actividad. Ése determina la dinámica de la actividad, donde, si su actividad es dinámica, en algún sentido debe ser percibida por ustedes como lucha. Cuidado: no una lucha por «explicar algo mejor» o por recordar algo y meter más información, sino como lucha entre la Luz y la oscuridad. Relativamente. Porque ellos aún no ven ese fuego nuevo que ustedes deben transmitirles. Y por eso digo no «enemigos», sino «queridos enemigos». Cuando salimos a escena, ya dijimos que el instructor debe amar a sus alumnos. Pero, al salir a escena, según la atmósfera, debe, de verdad, de manera sana y buena, enojarse un poquito. Rebelarse un poco. No tanto enojarse, como rebelarse. Rebelarse contra la misma inercia que ve en sí mismo y que no puede vencer con nada, porque arranca de sí las palabras como chicle, con enorme esfuerzo, para vencer la inercia ajena. Y saber, en este contexto, que la clase o actividad no es más que la primera etapa o el primer paso de un gran proceso de acción que inician en la persona. Vencer la inercia significa llevar a la persona, que, aunque esté sentada tranquilamente mirándolos, a un estado de ebullición interior. Llevarla a un estado paralelo, en el que, con un oído, les escucha, y con el otro, automáticamente y al mismo tiempo, examina, aplica a sí misma, vive, se conmueve o se alegra. Y llevarla a un estado en que la tormenta interior que ustedes han levantado —sea en sentido bello, sea de otra índole— se convierta en el primer paso en una cadena de acciones suyas cuando se vaya a casa. Es decir, de la dinámica de la conferencia depende cómo actuará fuera, después de la conferencia. No solo en qué medida lo hayan «tocado», sino en qué medida lo hayan puesto en movimiento. Prana. Pero prana no bio‑energética, sino la energía que se acumula en la persona y le da la posibilidad, al marcharse, de hacer cosas basadas en lo que ha escuchado. Por eso digo que es la lucha de Don Quijote con los molinos, que con gran frecuencia no termina bien. Los molinos siguen donde estaban. Pero hay momentos, en el instruccionismo, y esos son los momentos en que luego la persona se siente tranquila. Recuerden: «en el momento en que te atreves a atacar al monstruo, éste se convierte en un molino de viento». Es decir, los momentos en que «desactivan» a las personas, cuando ellas, gracias a esos pasos que dan tras su impulso, tras la dinámica de su conferencia, tras su lucha con ellas, bella o intensa, se vuelven no solo mejores, sino menos dañinas, menos destructivas. Es una lucha que, en manos de maestros de alto nivel, como Delia, HAL, los grandes Maestros, quienes llegan y saben al instante qué flota en la atmósfera, contra qué hay que arremeter, qué hay que cortar y qué hay que desarrollar, se hace conscientemente. Esta lucha, que para ellos es consciente, muy misteriosa y bastante compleja, para nosotros, en nuestro nivel, se da más o menos inconscientemente, con ayuda de todo aquello que nos guía e inspira, pero comienza desde el momento en que al menos se ha mencionado o nos hemos preparado aunque sea un poco para ella.
Y la última Ley —la Ley de la Periodicidad, de los ciclos. Muy brevemente. También hablamos de ella en distintos maratones para instructores: nuestra conferencia debe estar construida en ciclos. Es decir, por periodos, por momentos. No podemos golpear con la misma intensidad toda la conferencia y sostener un mismo nivel de comprensión, de inspiración, de ardor, etc. Es prácticamente imposible para ustedes. Por tanto, la conferencia, tanto por contenido como por preparación y por momentos emocionales, debe estar construida en forma de sinusoide, con momentos culminantes. Es decir, hay que elegir, a lo largo de las dos horas en que dan la conferencia, ciertos bellos momentos culminantes que para ustedes sean como perlas, y dejarse aún un as en la manga. Y a estos momentos llegarán una y otra vez cada vez que se relaje la atención. Es decir, primero llevan la atención hasta un momento culminante. Ven que la gente se ha enganchado… …darles la posibilidad de no escuchar. Luego, tras momentos teóricos importantes, pero no tanto, de nuevo se van acercando al momento en que la atención se embota, y otra vez les dan la posibilidad de no escuchar. Y así hasta el final de la conferencia. Pero lo principal en estos ciclos de momentos culminantes, en los que, y solo en ellos, se concentra la atención de todo el auditorio, es que la conferencia comience y termine con una gran idea principal. Y hay que tener en cuenta que el momento culminante más fuerte debe situarse al final. Que no lo coloquen a mitad de conferencia, porque luego, al hablar de cosas menos importantes, distraerán la atención de lo principal. Que lo cuenten hasta el final, no en el último suspiro cuando ya todos están cansados y no entienden nada, y que luego no se les acerquen diciendo: «¿por qué deja lo más interesante para el final?». Que envíen a la gente a casa con una huella viva, con algo a partir de lo cual continuará ya su propio trabajo.
Y es importante también, aunque ya lo hemos dicho antes, que además de estos golpes emocionales culminantes haya siempre posibilidad de descarga. Y una conferencia sin humor, sin chistes, sin momentos de risa —no es una conferencia.