Autobiografía de Jorge Ángel Livraga
Publicada en las Almenas nº 1-18 de Nueva Acrópolis. Documento interno.
Introducción
Como fue anunciado en el Nº 1 de «ALMENA», me propongo desarrollar el tema de nuestra relación con la Jerarquía y de cómo vinimos al mundo hace 24 años. Siendo Yo el Fundador, estas páginas sencillas adquirirán valor de documento histórico cuando el tiempo pase. Ante esta evidencia me veo compulsado a escribir algo que mi Personalidad rechaza fuertemente, pero que es necesario para la comprensión de los acontecimientos y para que en el futuro no existan deformaciones importantes del conocimiento de mi propia Vida, lo que podría repercutir en una deformación de toda La Obra. Me refiero a escribir una suerte de biografía, un relato breve de mi existencia, desde mi más temprana niñez hasta los pasos de lo que con el tiempo iba a convertirse en la Organización Internacional Nueva Acrópolis.
Salvando las abismales diferencias entre H.P.B. y Yo, me propongo evitar desde ahora que algún futuro R. Guenón y sus seguidores inventen un comienzo tortuoso y falso de los orígenes de nuestro Movimiento. Así, salvando la repugnancia que por el tema siente mi Personalidad, me veo impelido a escribir sobre Mí mismo. Estoy acostumbrado a sacrificar lo placentero en aras de lo necesario. Una vez más lo hago. Yo cumplo Órdenes como cualquiera de vosotros.
Por un principio de Etica me voy a ceñir a mi propia vida y a relatar aquello que pueda ser de interés para la mejor comprensión del proceso. Me limitaré a aquellas cosas que puedan ser importantes y ser conocidas.
Primera parte: Mi niñez (1)
Nací el 3 de Septiembre de 1.930 en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, en el seno de una familia de emigrantes italianos. Mis padres, Don Angel y Doña Victoria, habían nacido en Argentina, pero mis abuelos lo habían hecho en Italia, en las cercanías de Milán por vía paterna y en las cercanías de Génova por parte materna.
Vi la luz poco antes del mediodía en casa de mi abuelo paterno, en la calle Ciudad de La Paz al 800 del barrio residencial de Belgrano. Pocos días después estallaba una cruenta revolución que derrotaba el régimen paternalista de centro-izquierda de Hirigoyen. Los primeros médicos que me atendieron fueron traídos a la casa a través de las barricadas; la ciudad la sobrevolaban aviones de combate. Nací normalmente y no conocí enfermedades prematuras.
A los pocos meses fui trasladado a la casa de Amenábar 863, que había diseñado mi padre, que era ingeniero civil.
Argentina conocía por aquel entonces una época de riqueza y mi primera niñez pasó dentro de una familia de clase media alta, con las típicas características de los «nuevos ricos». Se montó para mí una habitación de juguetes y Yo dormía en una especie de camita en la misma habitación de mis padres. Tengo de ello un recuerdo muy vago y puntual. Recuerdo nuestro automóvil, un descapotable color arena con los guardafangos negros. También un chalet en una isla de El Tigre, localidad enclavada en el delta del Río de la Plata a unos 30 ó 40 Kmts de Buenos Aires. Me han dicho que cuando bebé, me había aferrado a un oso de paño y que comencé a hablar muy pronto, aunque fui tardío para caminar solo. No recuerdo eso. Lo primero que viene a mi memoria en esta vida es el estar sentado en el automóvil con las piernas colgando sin tocar los pedales y tratando de maniobrar el volante de la dirección. También recuerdo la lancha que me llevaba de vez en cuando a la isla del delta; esa experiencia me encantaba.
Fui creciendo con un carácter muy reservado y pasaba horas a solas, observando y soñando frente a los enormes maceteros de la azotea de mi casa que tenía 20 metros de largo. Por lo que me han dicho y recuerdo, creo que no «jugaba» exactamente como un niño común. Me desagradaban los demás niños y siempre prefería estar cerca de los mayores, por ejemplo, de la gran mesa de planos de mi padre, garabateando con sus compases y tiralíneas; con sus lápices «Faber» alemanes con los cuales me dediqué muy pronto a dibujar, generalmente barcos y figuras humanas en combate. No recuerdo haber dibujado en esa época animales. Aunque me gustaban, y gracias a las amistades de mi padre en el jardín Zoológico de Buenos Aires, tenía acceso a jugar con cachorros de tigres, leones y osos. Jamás temí a los animales. Un amigo mío del Zoológico era un gran mono «Chakma», un tipo de chimpancé de enormes colmillos y buen tamaño. Yo le daba de comer en la mano cuando mis mayores no me veían. La primera vez que me sorprendieron haciéndolo se quedaron horrorizados, hasta que comprendieron que el monazo no me hacía daño alguno y, por el contrario, mostraba sus dientes feroces a quien quisiera alejarme de él. Tanto quería a los animales en mi primera niñez, que llegué a tener muchos, incluso un pingüino en la bañera de mis padres, cosa que me fue rápidamente prohibida. Tenía peceras muy pobladas y una gran jaula donde volaban loros y caminaban perdices. No recuerdo haberme preocupado por la comida de ellos; pero sí que me pasaba horas contemplándolos y empecé a soñar con lejanas tierras.
Mi padre no era religioso y mi madre sólo de forma. Semanalmente íbamos igual a la iglesia de la cual lo que más me impactaba eran las imágenes y los altos techos. Me dicen que fui bautizado en la religión Católica, en la Iglesia neogótica de «Nueva Pompeya» y que lloré mucho cuando me mojaban con el agua bendita. Superaron el problema dándome para jugar el llavero del coche de mi tío materno, Angel Rizzi.
No recuerdo ninguna impresión ni experiencia religiosa en mi primera niñez. Desde muy temprano vi y toqué muertos familiares. No me impresionaron mayormente. Estas vivencias me fueron forzadas por mi padre, muy «machista», que quería que Yo no tuviese miedo a nada. En verdad no lo tenía. Recuerdo que veía a los muertos con curiosidad, como si se tratase de ropas que se habían sacado los difuntos, de los que Yo pensaba debían seguir vivos en alguna otra parte. Pero lo tomaba con gran naturalidad. Lo que realmente me impresionaba era el llanto de los deudos. Me molestaban y trataba de huir de ellos.
Siempre amé el silencio y, de alguna manera, la soledad. Sentía viva curiosidad por mi entorno, pero lo veía despersonalizado, como una inmensa vitrina de esos museos que ya empezaba a amar desde muy pequeño. Sus objetos quietos y silenciosos me atrajeron siempre.
Tengo la sensación, al esforzarme en recordar mis primeros años, de un gran alejamiento psicológico con mi mundo circundante. No recuerdo haber amado mucho a nada ni a nadie y, contrariamente a lo que sucede con los niños, no sentía necesidad alguna de cariño. Y si vida afectiva tenía, ésta se volcaba siempre en mayor grado hacia los animales y los objetos, sintiendo un rechazo indiferente por los seres humanos. De alguna manera Yo no me sentía un ser humano ni creía tener una similitud con ellos, más allá de la forma, que no me preocupaba.
Primera parte: Mi niñez (2)
Cercano a los 4 años, viví frecuentemente con mi abuela paterna. Ella tenía en el barrio de Palermo una gran casa, con un fondo sin cubrir, donde se levantaban limoneros, se plantaban legumbres y había gallineros. En verdad, era una finca rústica y allí mi sexagenaria abuela vivía como en las lejanas campiñas del Pó, de las que tanto me hablaba.
Apenas amanecía ella iba a misa y de regreso despertaba a toda la pequeña familia. Permanecía prácticamente todo el día de pie, trabajando, y se acostaba sanamente cansada entre sus cuadros de santos y difuntos a los que alumbraba un candil de aceite para cada uno. Era lo bastante rica como para llevar otro tipo de existencia, pero ella conocía tan solo ésa, y era serena y plácidamente feliz con ella.
En una casita de los fondos, vivía un tio-abuelo mío, su sobrino, unos 10 años menor que ella, que había sido anarquista, de aquellos práctico-románticos de fines del siglo XIX. Ambos tenían algunas discusiones sobre la vigencia de la religión, hasta que mi abuela lo aplacaba recordándole que era su tía, y él, que siempre le trataba respetuosamente de «Usted», se callaba inmediatamente y volvía a sus trabajos de la tierra. Se burlaba de sus creencias, pero la respetaba y quería al extremo que cuando ella, muchos años después, murió, él la siguió a la tumba, jamás repuesto de la pérdida de su tía. ¡Extraños anarquistas los de entonces!
Yo jugaba haciendo grandes hoyos en la tierra, llenándolos de agua y haciendo bogar en ellos mis barquitos, algunos construidos por mí mismo con maderas que por allí encontraba. Para mí, esa casa y su rústico fondo, era un lugar de maravillas. Me pasaba horas contemplando los insectos y las plantas. Empecé a dibujar pájaros en grandes hojas de papel de dibujo con lápiz. Luego los coloreaba imitando lo que veía.
Me llamaban la atención las gallinas y su para mí extraña propiedad de poner huevos. Jamás entendí cómo ni porqué lo hacían, pero no preguntaba al respecto pues me había acostumbrado a los enigmas y en cierta forma no quería oír las respuestas desangeladas de los mayores. Una mañana descubrí que poniéndoles un dedo en el pico y deseando que se durmieran, caían de inmediato, con las patas para arriba. Entonces les soplaba y se despertaban. Las estaba hipnotizando, pero me parecía la cosa más normal del mundo, hasta que un día me sorprendió mi abuela y puso «el grito en el cielo», pues por lo visto un ascendiente indirecto mío, al que llamaban en Italia «El Maguito», se había ganado la vida levitando de techo en techo de su pueblecito, curando animales y personas. El desafío de un cura —contra lo que se pensaba eran poderes diabólicos— le costó la vida, al querer volar desde el campanario del Duomo de Milán. Mi abuela lo recordaba por lo que a ella le habían contado de niña, y había heredado su «medalla milagrosa», donde estaba representado «San Gnop». No sé quién era este misterioso santo al que también llamaban «Señor de los gusanos». Hoy creo que la medalla en cuestión bien podía ser una simple moneda paleocristiana.
El caso es que llamó por teléfono a mi padre, el que al oír el relato, se echó a reír pensando que la abuela chocheaba. Me recriminó el que la engañase con mis juegos, aprovechándome de que era una simple campesina (mi padre estaba muy orgulloso de su calidad de universitario y amante de las matemáticas, de su cultura científica). Entonces me invitaron a que fuese al gallinero y repitiese ante ellos el experimento. Mi abuela con el rosario entre las manos, y mi padre gozando de antemano el fracaso de mi juego ante un observador calificado. Dormí a todas las gallinas. Recuerdo confusamente que las sacudían incrédulos de lo que veían. Yo estaba un poco enojado por la publicidad hecha al asunto y me negué a despertarlas, hasta que recibí una imperiosa orden de mi padre para que lo hiciese. Luego, casi en volandas, él me llevó al coche que lo esperaba en la puerta, mientras mi abuela se retiraba a rezar a su oscura habitación, ante sus santos y muertos queridos. No se habló más del asunto, pero a los pocos días me llevaron a mi médico, el Dr. Rioja, a que me revisase. Ahora me doy cuenta que le habrían contado la aventura y el anciano facultativo, formado en las escuelas pragmáticas de principios de siglo, no les debe haber creído, certificando tan sólo que mi salud era buena. Pero no lo era tanto: frecuentemente me resfriaba y engripaba y me daban altas fiebres. Dicen que deliraba. Como yo era hijo único, la casa se convulsionaba cada vez que ocurría, y el sufrido y prestigioso Dr. Rioja corría a medicamentarme. El y mi padre se llevaban muy bien, pues ambos tenían mentalidad agudamente científica y positivista.
Tendría 5 años cuando me enfermé súbitamente de gripe, un invierno, y la fiebre me subió a 40 o más grados. Estaba en la casa de Amenábar y las muchachas de servicio, mi madre y mi padre andaban en puntillas, mientras me renovaban paños de agua fría en la frente. También me envolvieron en grandes toallones húmedos. Me empezaron a dar varias veces por día dolorosas inyecciones. Hoy deduzco que tendría un amago de pulmonía. En un atardecer la fiebre subió más aún, perdí casi la visión y me costaba respirar, doliéndome terriblemente la espalda. Cundió la alarma general. Recuerdo confusamente las corridas y los gritos de mi madre: «¡Llamen al Dr. Rioja!».
Me quedé momentáneamente solo en el cuarto. De pronto, a la derecha de la gran cama en la que me habían depositado, apareció, de pie, una figura bañada en luz dorada, con los brazos cruzados sobre el pecho (años después supe que era una figura egipcia). Extendió un brazo y me tocó la frente. No me asusté y se lo conté a la gente que entró en mi cuarto cuando los llamé para contarles lo que había visto. Vino el médico y lo atribuyó a la fiebre. Vi la preocupación en todos. A la mañana siguiente no tenía más fiebre y no quedaban ni rastros de mi enfermedad. Me levanté y me fui a jugar en el patio. El fenómeno se atribuyó a la reacción ante alguna medicina.
Primera parte: Mi niñez (3)
Yo mismo me olvidé pronto de lo que me había pasado y lo tomé casi naturalmente, aunque no podía explicarlo entonces. Tampoco me importaba explicarlo y esa característica de no preocuparme por lo aparentemente «sobrenatural» me acompañó toda mi Vida.
Desde que tenía 4 años sabía contar y el abecedario de memoria. Podía leer, aunque con el problema de conocer más la lengua Italiana, bajo la forma del dialecto de Milán, que la española. En el mejor de los casos, las mezclaba a ambas pues así oía hablar a mis mayores cuando, en la mesa, tenía largas oportunidades de escucharlos.
Pasados los 5 años de edad, se acentuaron fuertemente en mí mis personales gustos. Hacer maniobras y cambiar las ruedas del automóvil de mi padre, dibujar, ahora en color, observar ávidamente la naturaleza, especialmente a los animales y las plantas, y una creciente afición por los viajes. Esta última me hizo empezar a construir una gran almadía, hecha con maderas de cajón y palos, en el patio de mi casa (sin calcular que era tan grande que de él no podría sacarla). Con esta balsa, que consumía muchas de mis horas diarias y miles de clavos reutilizados, que enderezaba Yo mismo, pensaba ir a sitios... «muy lejanos»... como «la India y Montevideo»…
Mi padre, que obviamente no había nacido para la pedagogía infantil, tuvo esa vez, sin embargo, una infinita delicadeza para demostrarme la imposibilidad de mi proyecto y juntos la fuimos desarmando, reemplazándola por una muy pequeña, con una vela, que lanzaríamos al Río de la Plata para que se perdiese en el horizonte. Así trabajamos creo que una semana y no recuerdo haber llorado, aunque sí que tenía muchas ganas de hacerlo pues por primera vez en esta encarnación el fracaso evidente de un Sueño me había golpeado. Meses más tarde la balsita bogaba trabajosamente alejándose de la costa y me empezaron a hacer muchos regalos de modelos de barcos de todo tipo, respondiendo seguramente a esa afición que Yo había demostrado y que, de alguna forma, no me abandonó jamás. Cuando, por primera vez vi el mar, tendría Yo unos 6 años; recuerdo que lloraba sin saber por qué. Fue en el balneario de Mar del Plata. Pasaba las horas mirando el horizonte, más allá de las olas y la arena, tan tentadora para los juegos de los niños de mi edad. Reconozco que debo haber puesto a prueba la paciencia y la capacidad de comprender de mis padres, pues si bien siempre fui un niño muy obediente y circunspecto, también lo fui raro y atípico al extremo.
Se decidió, con gran alegría mía, que no iría a la Escuela Primaria a los 6 años, como era costumbre, sino a los 7. Por algo que nunca comprendí, sentía gran rechazo por ir a una Escuela y estar con otros niños e intuía que con ese paso se hundiría mi forma de vida, mi niñez. Tenía verdadero horror a convertirme en «persona mayor». A insertarme en un entorno que presentía me iba a ser agresivo. El notar que crecía, cosa que era festejada por mi familia, me ponía horriblemente triste. Tenía en mi casa de Amenábar una pieza llena de juguetes; había cientos de ellos, y Yo trataba de jugar a solas con mis barcos y automóviles, con mis avioncitos, con sed devoradora. Era conciente que luego mi vida cambiaría y ya no podría hacerlo de la misma manera.
Volví a la casa de mi abuela y allí me ocurrió el último fenómeno extraño de mi niñez. Fue algo simple, pero que determinó que mis estadías en esa casa, con la amplia quinta de verduras y árboles frutales, se redujese a visitas esporádicas.
Había un limonero cargado de maduros limones y mi abuela me dio una cesta y me señaló un largo palo para tratar de cosechar todos los posibles. Me dejaron solo y se me planteó el problema de cómo hacerlo exactamente, pues los frutos eran numerosos y estaban, para mí, a gran altura. Me puse bajo el árbol y deseé fuertemente que los limones cayesen al suelo; levanté los brazos como para recogerlos y gran número de frutos cayeron de golpe a mis pies. No le di importancia, pensando que los que quedaban sujetos en el árbol los bajaría luego con mi rifle de aire comprimido... pero no percibí que mi abuela me estaba mirando... y otra vez salió el tema de «El Maguín» y se reprodujo lo que me había ocurrido al hipnotizar inconcientemente a las gallinas.
Creo que allí terminó mi infancia propiamente dicha. Luego tuve que ir al Colegio, haciendo el primer año en uno de monjas, de la Av. Cabildo de Bs. As. Recuerdo confusamente haber sufrido mucho, incluso un accidente al caer sobre un banco de piedra donde perdí parte de mis dientes y me lastimé bastante. Me volví silencioso. Rechazaba y era rechazado por los demás niños. Los «deberes» que tenía que hacer en mi casa, con la ayuda sempiterna de mi madre, eran un verdadero martirio, salvo cuando tenía que hacer dibujos. Mis cuadernos se conservan aún y son muy pulcros y bonitos... pero no reflejan esa sensación interior casi espantosa que sentí al hacerlos. Un cambio, un año más tarde, a una Escuela Estatal, no mejoró la cosa. Allí aprendí las primeras malas palabras y las primeras suciedades de la vida; vi robar y golpear a los débiles. Una fuerza extraña, poderosa y atávica empezó a manifestarse más claramente dentro de Mí. Me aislé del entorno y sólo era una suerte de «robot» el que iba a la Escuela. Los amiguitos ocasionales terminaban por aparecérseme como objetos.
Primera parte: Mi niñez (4)
Recuerdo vivamente la desestabilización de mi vida a medida que crecía. Y mis enfrentamientos con mi entorno.
El Colegio Primario Estatal, que cuando escribo aún existe en la Avenida Federico Lacroze y Cabildo, de Buenos Aires, me parecía una auténtica cárcel. Para colmo de males, mi padre, con sus ideas liberales, no había querido seguir mandándome a colegio de pago y religioso. En esos tiempos, en Argentina, a los Colegios Estatales concurrían chicos extraídos de la clase media para abajo y desde sus costumbres hasta sus ropas no tenían nada que ver con las mías. Aún me parece oír los abucheos y silbidos burlones de mis compañeritos cuando con mi impecable túnica (allá se llama «guardapolvo») blanca, almidonada y mi corbata de moño azul con lunares blancos, de seda, subía al gran automóvil negro de mi familia, que esperaba por mí.
Jamás me sentí identificado con ellos. Para ser totalmente franco, tal como me lo he propuesto al comenzar a escribir esta micro-biografía, con muy pocas excepciones sentía auténtico asco por esa masa infantil vociferante, desgreñada y violenta. Cuando, de pasada por la confitería «Ritz», me compraban un paquete de caramelos para que los compartiese con ellos, lo hacía... Pero a mi manera: los arrojaba lejos (eran de los más caros, envueltos en papeles de colores con la representación de la fruta que les daba sabor) y era para mí una diversión ver como se precipitaban, empujándose y golpeándose movidos por la gula. El que quedaba para mí solía dárselo luego a mi perro, un gran pastor alemán. Mis padres supieron mucho más tarde que Yo no comía caramelos. También supieron mucho más tarde que Yo no era un niño... «normal».
Es curiosa la psicología de la mayor parte de los padres; siempre esperan que sus hijos sean algo «fuera de serie» y cuando les nace uno, se obstinan en «normalizarlo». Mi abuela me contaba algo que no sé aún si es cierto. Decía que cuando una loba se cruza con un perro y le nacen cachorros-lobos y cachorros-perros, espera a ver cómo beben el agua y que por la manera en que lo hacen, saben si le nacieren lobos o perros, matando a estos últimos, pues su instinto le avisa que, cuando crezcan, serán los enemigos de los lobos... La Naturaleza es despiadada, pero sabia.
Así crecí entre lobos tontos que me dejaron crecer. A Mí, que tantos Artículos escribiría en contra de la Iglesia dogmática... me enseñó a escribir en español una monja. A Mí, que combatí toda mi vida el Liberalismo Materialista y desprecié la Democracia, se esforzaron en enseñar y formar maestros de esas tendencias, empezando por mi propio padre.
Fui un alumno mediocre; malísimo para las matemáticas aunque muy bueno en historia y literatura. Sin embargo mi cultura asombraba a mis mayores, pues de manera autodidacta, leía varias horas por día lo que me venía en ganas, especialmente astronomía, paleontología, zoología, botánica, física, historia, arqueología, versos y prosas. También hacía primorosos dibujos científicos representando células, clasificaciones de setas, variedades de pájaros de países lejanos. Pero eran dibujos «Para Mí»... que no recuerdo que hayan llegado a ver mis maestros de escuela. No tendría 10 años cuando colaboré a nivel profesional en una serie de dibujos técnicos que mi padre presentaba como proyectos de nuevas autopistas, carreteras, con sus cortes esquemáticos, descripción de desagües, contrapisos, etc. Mi padre era cada vez más compañero mío a pesar de los abismos que abrían su carácter violento y mi incipiente altanería, desprecio por los arrebatos vulgares, y discusiones familiares.
En verdad, mi padre vivía para Mí, ya que su posición económica se lo permitía y su Amor más grande era su hijo. Yo constituía su orgullo y su realización en la vida... pero tal vez le hubiese gustado un niño no enigmático. Y que se conformase con menos. Cuando me hacía una cometa e íbamos al campo a remontarla, Yo terminaba exigiendo se me comprase un aeromodelo.
Trató mi padre de enseñarme deportes, sobre todo violentos, como el boxeo, pero aunque no los evitaba, los realizaba maquinalmente y había tal frialdad y desprecio en mi mirada que pronto desaparecían los aparejos y sacos de arena. Sí me gustaba mucho remar, navegar en general y tenía muchos modelos de barcos y submarinos.
El estallido de la 2ª Guerra Mundial coincidió con mi cumpleaños. Estábamos comprando juguetes en el Centro de Buenos Aires, cuando oímos la sirena del diario La Prensa anunciando que Gran Bretaña y Francia habían declarado la guerra a Alemania por su invasión a Polonia. Yo cumplía 9 años.
La Argentina siguió viviendo su ritmo. Era una guerra lejana y se la veía completamente desdramatizada. Mi familia era italiana pero vivía aferrada al pasado. Cantábamos junto al piano «Giovinezza» pero Mussolini les parecía un personaje de opereta; unos porque eran monárquicos a la vieja usanza y otros porque eran, como mi propio padre, liberales democráticos. Para Mí, inconciente del dolor humano, era un interesante episodio que leía en las páginas del «London News», con sus fotos impresionantes. Una avalancha de juguetes bélicos atiborraron mi pieza. El fenómeno de la guerra completamente deshumanizado, como el de simples máquinas en lucha llegó a interesarme mucho y habiendo comprado cientos de pequeños carros armados, cañones y otras miniaturas a escala, organizaba y resolvía intrincadas batallas. Me ayudaba con pequeños cohetes, que enterraba en las tierras de las macetas a manera de minas. Al principio fui partidario de los «Aliados»... porque estaban perdiendo.
Segunda parte: Mi adolescencia
He tomado el término de «Adolescencia» por pura fórmula de comunicación con vosotros, pues, de manera estricta, Yo no recuerdo estos hoy en día tan señalados cambios en mi vida. Unicamente una suerte de angustia por darme cuenta que dejaba de ser niño, pero no por no saber exactamente lo que me esperaba, sino más bien por saber con certeza todo lo que perdía. El mundo de los adultos jamás me había gustado y Yo me veía obligado a entrar paulatinamente en él. Un proceso bilógico-temporal, con fuerzas superiores a las mías me empujaba... pero Yo seguía siendo el mismo por dentro... allá en mi Interior...
Mi gusto por la lectura me había llevado a leer desde un meduloso articulo sobre las tablillas de la isla de Pascua, en cuyas fotografías trabajé varias semanas en variados intentos de identificación de los grafismos, hasta un librito sobre «cómo tirar las cartas» o sea, conocer el porvenir a través de los naipes de una baraja. Yo no creía mucho en esas cosas, pero a solas, hacía correr los naipes sobre la gran mesa del comedor de mi casa y me puse francamente contento una vez que creí leer que moriría a los 15 años de edad. Tanto me repugnaba la vida de los adultos.
Más tarde supe que mi intuición sobre esas cartas no había sido del todo falsa... Unicamente que no era Yo el que moriría físicamente cuando tuviese 15 años.
De la odiada Escuela Primaria pasé al aborrecido Colegio Nacional o de Enseñanza Secundaria. Si en la primera me había sentido incómodo, en el segundo tenía que recurrir al límite de mis fuerzas para mantenerme «normal». Los jóvenes adolescentes de mi tiempo me parecían tan bellacos como los de ahora, con la diferencia de que entonces tenía que aguantar sus groserías, sus conversaciones obscenas y sus llantinas estúpidas. La mediocridad, cuando no la nulidad de mis profesores me aburría y eran muy pocas las excepciones.
De las «materias» que estudiaba me interesaba la Historia, aunque la presentía deformada. Hallaba placer en la Literatura y siempre que podía dedicaba muchas horas a leer los Clásicos Españoles y también a borronear cuartillas con versos y ensayos sobre Política y prosas descriptivas y narrativas. De los autores traducidos al Castellano, el que más me influenció fué Chateaubriand, y en menor cuantía Byron. También me interesó la religión, aunque en mis tiempos de estudiante se hacía, en la Argentina Peronista, la absurda división entre los que estudiaban «Religión» y los que «Moral», siendo estos últimos calificados todos despectivamente de «Judíos». Eso me desagradaba y me parecía absurdo, incluso porque sabía que casi ninguno de los que había elegido «Moral» eran de origen Judío, sino simples hijos de padres no Católicos. Pero la «materia» lograba despertar en mi Alma relámpagos de curiosidad. En verdad, ya no creía en lo que me había enseñado mi católica abuela ni mi padre liberal. Tenía que buscar algún camino por Mí mismo y esto me apasionaba frecuentemente. Mi posición ante el problema religioso era un tanto escéptica y trataba de no negar ni afirmar cosa alguna a la cual mi razón no pudiese apoyar. Guardaba, sí, unos pocos megaloelementos místicos intrínsecos sobre los cuales ni me atrevía a cuestionarme, como ser la existencia misma de Dios y, de alguna manera, la inmortalidad del Alma y la prioridad de todo lo bueno sobre todo lo malo.
Mis continuas lecturas me habían llevado a conocer en cierta medida el panteón griego, el romano y en especial el egipcio, por el que sentía una pararracional inclinación. Mis reflexiones me hacían ver que, de lo que se trataba, era de una suerte de Esencias Divinas que asumían las formas y características geopolíticas e históricas pletóricas de atributos populares o culturalistas que imponían lugares y tiempos. Ello me llevaba, obviamente, a ver en el Cristianismo una forma más de Fe, tan transitoria como las demás.
Los hábitos de mi familia me hicieron tomar la Comunión y la Confirmación, pero lo había efectuado con la misma ausencia interior con que hacía tantas cosas. Mi mundo interno se desvinculaba cada vez más de mi entorno. Sin protestas, silenciosa pero inexorablemente.
Cuando terminó la segunda Guerra Mundial, ante la derrota de los Países del Eje, mis viejas simpatías por Los Aliados se habían invertido en sus polaridades y la contraofensiva de von Runstedt me llenó de entusiasmo. El que tan pocos luchasen contra tantos despertaba en Mi una escondida fibra y le hacía resonar poderosamente. Los temas militares y el amor a las armas se hizo muy vivo. Lo que luego llamaría «Instinto de Poder» se despertaba, y ante ciertas revelaciones del sexo opté sin lucha alguna por la castidad más absoluta, no por moral sino por rechazo a lo que consideraba signos de animalidad y de vulgaridad. Los conceptos de fuerza y de castidad eran para Mí inseparables. Y cuando me señalaban que un Alejandro no había sido precisamente casto, no me hacía problema, pues pensaba hasta dónde habría llegado de haberlo sido. Pero esa evolución tensa y sin embargo natural iba a sufrir una suerte de cataclismo. El que puso fin a mi adolescencia y a lo que podríamos llamar, primera juventud.
Acababa de cumplir 15 años.
Tercera parte: Mi juventud (I)
Mi 15º Aniversario fue uno de los más tristes de mi vida o por lo menos así lo recuerdo ahora. Se unían varios factores; uno, el hecho principal que mi padre, tan fuerte y corpulento, empezaba a ser abatido por una enfermedad que los médicos ya insinuaban como incurable, una suerte de uremia-leucemia. Otro, la evidencia, para Mí, de que había entrado al mundo de los adultos. Las acostumbradas bromas y las llaves de mi casa y del coche, que desde entonces quedaban a mi disposición, con grandes palmoteos de mi escasa pero fervorosa familia, me parecía una absurda mascarada. Si yo no pensaba cambiar mi forma de Vida ni «escaparme» a ninguna parte... ¿Para qué quería las llaves de la casa? En cuanto al coche, teníamos chofer y aparte, salvo por el hecho de no tener edad para el carnet de conducir reglamentario, nunca se me había escatimado el uso del automóvil.
Como ya era «Mayor» se me confió plenamente la probabilidad más o menos cercana de la muerte de mi padre y el «machismo» típico de una familia italiana de los años aquellos me empujó a empezar a tomar responsabilidades y a prepararme para ser «el hombre de la casa».
Lo primero que hice fue sacar mi carnet de conducir superando la prueba con una facilidad que en nada honraba a quien manejaba automóviles desde niño. Luego me dediqué con una mente muy fría, a preparar a mi propia madre y a mi abuela y demás mujeres de la familia para que pudieran asistir a la larga agonía, terriblemente dolorosa de mi padre, sin agregar con sus llantos mayor desesperación a la cosa. Yo no sé ni me pregunté entonces de dónde me venía esa fuerza serena, exteriormente fría, que me otorgaba un aspecto de enorme madurez psicológica y hasta cierto desprecio y «cinismo» ante el problema terrible que vivíamos. Hoy creo que era una necesidad atávica de sobrevivir de cara a la adversidad, pero no recuerdo haberme dado cuenta en ese momento, ni aún hoy estoy totalmente seguro de ello. ¿Es que recibí «Ayudas» de mis «Amigos invisibles»? Es posible.
A medida que avanzaba 1946 el estado de mi padre se hacía francamente agónico. Sufría lo indecible y los pocos momentos en que, en virtud de calmantes y remedios, gozaba de plena lucidez, los compartía conmigo jugando al dominó o explicándome dificilísimos problemas matemáticos en los cuales se solazaba. El tema de su próxima muerte no lo tocó jamás directamente frente a mí, pero me hablaba como si ambos lo supiéramos sin ninguna duda.
Por no poner otro elemento conflictivo en mi casa no suspendí mis estudios, pero no me importaba para nada mi «Bachillerato» ni mi futuro personal.
Tanto vi sufrir a mi padre y de tal modo pude constatar la demolición moral y física de todos los que le rodeábamos a lo largo de meses que llegué, ya no solo a aceptar que se moría, sino a desear que lo hiciese lo antes posible. Me había vuelto frío y mis ojos estaban casi siempre secos aún en los muchos momentos en que la desesperación me rodeaba, entre alaridos, llantos y el continuo olor a «Hospital» que se había adueñado de mi casa. El perro lobo que me habían obsequiado de niño, llamado Rin-tin-tin y al que Yo llamaba Rinti empezó a aullar por las noches sembrando terror. Con toda franqueza digo que le hice callar más de una vez con una patada. Una nueva fuerza crecía a pasos agigantados en Mí y un notable poder de disimular mis emociones y aplastarlas dentro de Mí mismo.
Una noche, finalmente, el titánico cuerpo de mi padre, reducido a piel y huesos no resistió más y al amanecer moría aparentemente sin darse cuenta de ello. La convulsión familiar fué tremenda. Mis ojos seguían secos y cumplí el mayor deseo de mí ya difunto padre: Portarme como un «Hombre» en la adversidad. Lo manifiesto sin vanidad pues me fué muy natural realizar ese papel.
El 4 de junio de 1948 estaba en la primera carroza, aún tirada por caballos, que acompañaba al cuerpo de mi padre al cementerio; a la gran bóveda o «Panteón» familiar de ónix verde. Asistí a la misa «In corpore insepulto» con la actitud de estar viendo una obra de teatro. Yo aún no lo sabía... Pero me había vuelto totalmente ateo.
El cambio Interior que en Mi se había provocado era terrible y necesité a las pocas semanas, asistencia médica para mis nervios, pues había perdido la voluntad de comer y de dormir.
Me repuse y dejé mis estudios. Me volví solitario y taciturno. Sentado al escritorio de mi padre, repasaba entre mis manos sus planos multicolores y sus muchos papeles y cuadernos llenos de fórmulas matemáticas durante horas, o frente al volante del gran coche negro que estaba en el garaje de mi casa, una voz interior me iba repitiendo que el papel o el cuero habían durado más que mi padre. Empecé a sentir repugnancia y a burlarme silenciosamente de las creencias religiosas familiares. Para Mí en ese entonces, todo acababa con la muerte. No sentía angustia, sino una sorda desesperación aceptada como parte del destino estúpido de existir. Estaba fuertemente convencido que toda forma religiosa era una mera escapatoria de la realidad más importante. Para Mí la única en ese entonces: El que todo acaba con la muerte; que no había Dios y que la moral era sólo una forma de elegancia.
Mi juventud (II)
Sin que cambiasen mis recientes convicciones, una mutación muy rápida de raíces profundas empezó en Mí. La muerte de mi padre me había dejado como «mutilado» pero a la vez me había abierto de par en par las puertas de la libertad.
Aproveché el verano para irme a un lejano cortijo de un tío materno. Allí aprendí realmente a montar a caballo y me hice ducho en el manejo de las armas de caza y de defensa. Gustaba de la soledad, pero ya no era aquella contemplativa de mi apacible niñez, sino la que se siente sobre la silla de un corcel robusto al galopar sin rumbo por las inmensas pampas solitarias. Mil pequeñas aventuras me fueron endureciendo el cuerpo y el Alma... aunque en aquel entonces el segundo término habría sido descartado de mi concepción.
Vendí el gran auto negro y compré una «coupé-club» Ford V 6, con dos carburadores con la que participé en algunos aprontamientos de carreras y «railles». Amaba el peligro. Recuerdo que uno de mis entrenamientos era pasar con el automóvil, a alta velocidad, sobre un puente ferroviario sin barandas en los costados, apoyando tan sólo las ruedas en los rieles resbaladizos de metal. Pero tenía una gran suerte y bastante pericia pues jamás me pasó accidente alguno. También me dediqué al remo deportivo y ocasionalmente a la vela. Me encantaba «perderme» solitario en el laberinto de canales de «El Tigre», lugar cercano a Buenos Aires, en donde el río Paraná desemboca en el río de la Plata en un complejo delta.
Del Colegio Nacional Secundario que ya no cursaba extraje algunos eventuales compañeros de aventuras, muchachos de buena posición económica y tan desocupados como Yo. Ellos me aportaron un mundo virgen para Mí; el de la música no popular. «Concierto en Varsovia». «Cuadros de una Exposición», me llevaron luego a inmersiones profundas en Beethoven y en Wagner. Me pasaba horas escuchando los discos. También hice breves incursiones a través de las organizaciones juveniles nacionalistas y fundé «CADEL», Centro Argentino de Estudiantes Libres, que luego agruparía millares de personas. Me descubrí como un buen promotor y organizador, con una gran capacidad de trabajo y concentración sobre un punto o núcleo de esfuerzo. Comía poco y dormía poco. Algo estaba fermentando violentamente en Mí, pero Yo, en ese entonces, ni sospechaba lo que podía ser.
El Peronismo había entrado en su apogeo en Argentina y, si bien sus formas groseras e izquierdoides mezcladas a un nacionalismo insultante me desagradaban profundamente, su espíritu de desafío al mundo me atraía. Jamás entré en ningún Partido Político, pero colaboré con la CGT (Confederación General del Trabajo) a nivel universitario en planes de urbanización para los obreros. Esos planes fallaron, ya que los obreros, no preparados previamente, levantaban los pisos de madera de sus casas para encender el fuego de sus asados.
Ensayadas tantas experiencias en un par de años, profundamente modificado, decidí dar los exámenes pendientes para entrar a la Universidad, en la Facultad de Medicina.
Con mis pocos compañeros, descubrí también el mundo de los libros de moda entre los jóvenes. Leí Kafka y Sartre, Marx y Hitler, Kant y Max Scheller. Pero, aunque me interesaron algunos puntos, ninguno de estos autores me convencía totalmente pues a todos los veía partir de ciertos «A prioris», pareciéndome demasiado fantásticos y poco positivos, al regresar inexorablemente tras largas elucubraciones al mismo punto de partida del cual estaban convencidos antes de empezar sus razonamientos. Estos «Círculos Cerrados» de razonamientos y afirmaciones me parecieron viciosos y carentes de una verdad comprobable. Preferí volver a mis antiguas lecturas de versos, literatura y novelas, que por lo menos, deleitaban mis necesidades de aventuras.
Como debía dar mis exámenes de idiomas y en el inglés hallaba grandes dificultades me decidí a tomar clases de un profesor particular. Ello iba a llevarme en brazos de mi Destino... Pero en ese entonces Yo ni lo sospechaba.
Mi profesor de inglés resultó ser un alemán llamado Schmidt, ya anciano, bajo y regordete, de sonrisa constante y enigmática, que me dijo haber vivido en el Tíbet y haber viajado mucho en su vida. Eso me lo hizo atractivo desde el primer momento, pues encajaba perfectamente con mis sueños de realizar viajes por países misteriosos y vivir peligrosas aventuras.
Una tarde entré en su casona convertida en academia de lenguas para empezar formalmente las clases, pero ante mi asombro no recurrió a los libros convencionales, sino que me presentó unos voluminosos manuscritos escritos en Sánscrito y Tibetano. Me traducía al inglés y al castellano sus enseñanzas y en pocas horas me habló del origen del Hombre, de la reencarnación y de otras cosas esotéricas. Para mostrarme lo que era «Maya», me mandó coger un lápiz que Yo veía sobre su escritorio, pero que al posar mi mano sobre él no lo hallé. Ese mundo maravilloso me hizo reencontrarme con mi Ser Interior y cuando salí de su casa era otro. Yo tampoco lo sabía, pero había nacido el que ahora llamáis «JAL».
Mi juventud (III–XVI)
Las secciones restantes de la autobiografía (Juventud III a XVI) continúan relatando el aprendizaje esotérico de Livraga con el profesor Schmidt, su ingreso en la Sociedad Teosófica, la construcción de una «Cripta» egipcia en el sótano de su casa, su correspondencia con Jinarajadasa y Sri Ram (presidentes mundiales de la S.T.), sus prácticas de desdoblamiento y alquimia, el cierre de la Escuela Esotérica en 1950, y finalmente la instrucción de Sri Ram para crear un nuevo movimiento separado de la S.T. Con ello, Livraga vendió su automóvil, lanzó la revista «Estudios Teosóficos», y fundó Nueva Acrópolis a los 27 años de edad, con un primer grupo de 12 personas en su casa de Amenábar 863, Buenos Aires.
Mi juventud quedaba atrás y nacía lo que hoy conocéis por «JAL». ¿Para qué contaros más? No he dicho todo lo que ocurrió en esos primeros años... pero lo que os conté es cierto, simple y sencillamente cierto. Dejo a los Dioses la responsabilidad de apiadarse de mi Alma si cometí errores. Y si no se apiadan, me da lo mismo. NUEVA ACRÓPOLIS está en marcha...; en su XXVI Año Triunfal, sus Aguilas Solares se levantan sobre más de 80 Sedes en 34 Países. Tengo excelentes Discípulos y miles de jóvenes trabajan por el Ideal y gritan mi Nombre. ¿Puedo pedir más? Creo que no; mi Trabajo está casi terminado y lo que me quede de vida física pertenece enteramente al Ideal. Perdona si no te lo conté todo... soy un Hijo del Secreto y a ese Secreto me remito... al Gran Misterio del por qué y el cómo Nosotros, los Acropolitanos, vamos a cambiar la Historia para forjar un Mundo Nuevo y Mejor.
— Almenas nº 1-18. Jorge Ángel Livraga