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Testimonio de Ana. España

es2021,Idioma original: Español
Originaltestimonios contra la Nueva Acrópolis

Fuente: nuevaacropolissecta.blogspot.com

Testimonio de ANA

Ana. España

(Estuvo en Nueva Acrópolis de los 19 a los 29. Ingresó en el “Círculo Interno” a los 21)

Entré en Nueva Acrópolis a los 19 años. Por aquella época estaba bastante interesada en la psicología. Vi un cartel por las calles de mi ciudad sobre un audiovisual del psiquiatra suizo Carl Gustav Jung y me animé a ir.

Al salir del audiovisual me invitaron a hacer un curso de filosofía comparada. Dado que las culturas antiguas y las religiones comparadas también eran uno de mis temas de interés, me pareció una buena idea apuntarme. El curso no era caro y parecía más bien sencillo. También me llamaba la atención que las personas parecían muy majas e incluso podía ser un sitio para conocer gente.

Además de temas de psicología y de culturas antiguas, en la entrada del local también podían verse libros de esoterismo: alquimia, teosofía, astrología. Aun así, no parecían la típica asociación de personas que creen en ovnis, chakras o canalizaciones de ángeles. Parecían personas bastante centradas e incluso cultas, así que eso también me animó a apuntarme.

Al cabo de 2 años ya estaba dentro de lo que ellos llaman las “Fuerzas Vivas” (el Grupo interno de la Organización). Había hecho un juramento con el brazo en alto delante del estandarte de Brigadas Femeninas. Ahora era una discípula que había juramentado servir con lealtad a Nueva Acrópolis y que debía obedecer las órdenes de mis maestros. Dejé los estudios, dejé a mis amigos y me mudé de ciudad. Todo mi mundo pasó a ser Nueva Acrópolis. ¿Cómo llegué a ese punto en solo dos años?

COMO ME ENGANCHÉ A NUEVA ACRÓPOLIS

En el curso de filosofía, que en realidad ellos llaman “Probacionismo”, tuve de profesora a una mujer muy amable y educada. Ella, además, era profesora de un instituto de mi ciudad. En el segundo curso de “Introducción a la filosofía de oriente” tuve como profesor a su marido, que también era profesor en la universidad politécnica de mi ciudad. Ambos eran ingenieros de formación, y eran personas normales, cultas, amables. Allí empecé a recibir lo que se llama “bombardeo de amor”, una atención y amabilidad desmedida que te hace sentir que importas, que la gente te considera interesante e importante.

Cuando entré en Nueva Acrópolis, mis amigos empezaron a preocuparse. Llamaron a psicólogos e imprimieron todo lo que había en internet sobre Nueva Acrópolis. Yo lo leía, pero no me importaba. Pensaba: “¿Un águila imperial como emblema? Bah, eso no significa que sean fascistas. Si fueran allí y vieran todas las buenas personas que hay, lo entenderían”. Un día estaba con mi profesora de primer curso y el director. Les dije que mis amigos me estaban diciendo que estaba en una secta y se estaban enfadando conmigo. El director me dijo que si te tratan como una estúpida, quizá no son tus amigos. Aquello me fue alejando de ellos.

Durante los primeros años no sabes qué es exactamente NA y te dicen que las críticas de internet son de un sector de la iglesia que critica a NA por su eclecticismo religioso. Las ideas más esotéricas e ideológicas te las van explicando muy poco a poco. Ellos dicen que esto es así porque las enseñanzas hay que darlas espaciadas para que puedan ser asimiladas. Pero hay una gran diferencia entre recibir un conocimiento de manera gradual y acabar creyendo algo para lo que no te habías apuntado.

Hay cosas que, por sí mismas, no aceptarías nunca, cosas que no entran en tu sistema de valores. Pero allí te sumerges en una relación vincular, con tus Maestros y con tus compañeros, y es como si a través del vínculo se abriera otro canal, un canal donde las cosas entraban sin filtro. Pertenecer a un lugar e identificarte con él hace que no juzgues las cosas de la misma manera que si las vieras desde fuera. Por otra parte, las prácticas continuas de meditación y de focalización de la atención te sumergían en un estado distinto de conciencia. Era un aprendizaje que me atrevería a decir que tenía algún tipo de componente hipnótico.

Así pues, el vínculo, los cambios imperceptibles y la adaptación, hacen que se vaya creando una nueva identidad.

En algún momento pude percibir alguna idea que no me encajaba y que chocaba con mi sistema de creencias previo. Ese día escribí en mi diario: “¿Ana, por qué siempre quieres tener tú la razón? ¿Por qué no dejas que alguien te enseñe?”. Esa frase representa uno de los cambios que empezó a haber en mí. Dejó de preocuparme si lo que escuchaba me interesaba o no, si lo que leía lo creía o no. Mi foco de atención había cambiado: ya no estaba en Nueva Acrópolis por interés intelectual, sino que ahora lo importante era la relación Maestro-Discípulo.

Nueva Acrópolis era como una gran familia, en donde lo principal era el camino de autoconocimiento a través de la relación Maestro-Discípulo. Yo sentía una devoción absoluta por ellos. Así que cuando te van mostrando las cosas, las aceptas, ya no tanto por lo que significan en sí mismas, sino por la enseñanza que hay detrás.

En los inicios te enseñan que limpiar y hacer tareas para Nueva Acrópolis no es solo eso, sino que tiene una enseñanza detrás. Pero el autoconocimiento que se insinuaba en los inicios no era tal, sino una especie de endoculturación, un sistema moral de comportamiento. Todo era en base a un control de pensamientos, emociones y conductas. Y lo más importante es que todo siempre tenía fines morales asociados a dar todo tu tiempo a Nueva Acrópolis.

Lo que empezó como voluntariado acabó siendo una especie de esclavitud psicológica. Cuando estás enganchada en ese vínculo emocional esperando autoconocerte, te dicen que Nueva Acrópolis es una Escuela de Filosofía como las antiguas, en donde se guarda una Sabiduría Atemporal que es la misma que han transmitido todos los sabios de la humanidad. Nosotros hacíamos todo ese trabajo continuo sin descanso simplemente para hacer crecer la escuela y conseguir miembros. Todo el voluntariado y las actividades culturales eran una fachada creada a partir de los años 90 para limpiar su imagen y captar más miembros.

El fundador, Jorge Livraga, a quien llamábamos JAL, habría sido escogido por la “Jerarquía Blanca” para iniciar un movimiento que sería como una especie de “arca de Noé” donde se preserva toda la Sabiduría Antigua. También estaría preservando una Sabiduría Oculta y tendría el objetivo de dar nacimiento a una nueva raza, la llamada “sexta subraza”. De todo esto te van enterando poco a poco, a medida que ingresas en el Círculo Interno, las llamadas “Fuerzas Vivas”.

LA FORMACIÓN PARA LAS “FUERZAS VIVAS”

Al cabo de un año, uno de mis profesores me dijo que se estaba abriendo un nuevo grupo de formación para las “Fuerzas Vivas”. Vi que varios de mis amigos entraron y acepté la invitación.

Separaron las clases según el género. Un día, durante una reunión de chicas, nos dejaron solas en la sala de reuniones y nos dijeron que miráramos un punto blanco en la pizarra. Luego nos apagaron las luces, dejándonos medio a oscuras. Esos ejercicios se llamaban “tatrak”. En esa ocasión empezaron a llamarnos de manera individual, con un tono muy solemne.

En silencio me llevaron a otra sala, y al entrar me encontré con un hombre con guantes de boxeo. Yo no pensaba que me iban a pegar en serio, pero sí, me pegaron. Me pegaron varios puñetazos hasta que me caí al suelo. La directora vino y me gritó en la cara: “¿así enfrentas los problemas? ¿dándoles la espalda? ¡Eres una cobarde!”. Tuve que repetir el ejercicio otro día.

En otra ocasión nos hicieron pelearnos entre nosotras. Nos pusieron los guantes de boxeo y nos dijeron: “pegaros”. Había que sacar la agresividad, la fuerza, pegar con ganas. Si no, no pasabas el ejercicio.

Otro día nos pusieron en parejas y nos dijeron que teníamos que pegarnos bofetadas en la cara, primero una y luego la otra. Empezamos a darnos bofetadas flojas, pero entonces la directora se acercó y nos gritó: “flojo no, ¡fuerte!”. Tenías que aguantar las bofetadas sin inmutarte, sin hacer ninguna mueca de dolor, enfado o miedo. Si apartabas la cara, también te amonestaban.

Se suponía que esos ejercicios eran para controlar las emociones y para que fuéramos más allá de “las formas”. Se enaltecía mucho a los espartanos, y se menospreciaba a los hippies vegetarianos practicantes de yoga. También se decía que los demócratas eran muy pacíficos, pero engañaban al pueblo haciéndole creer que tiene “elección”. Y, evidentemente, se explicaba que los símbolos de Nueva Acrópolis estaban presentes en muchas culturas, por lo que su uso por nazis o fascistas no significaba nada. Hoy sé que la simbología de Nueva Acrópolis está totalmente relacionada con el nazismo, el fascismo e incluso el franquismo.

Esas prácticas, más que generar un control, generaban una anulación. Una anulación de mi propia percepción de las cosas, de lo que sentía y de eso que uno intuye como correcto o incorrecto.

Luego consentías insultos y humillaciones. En una reunión, la directora nos gritó: “¡sois unos burgueses de mierda!”. Nos decían: “si puedes dar 2, da 3. Si puedes dar 3, da 4”. Yo me pasé mi juventud malviviendo, durmiendo poco, sin desarrollar una profesión, limpiando, y con la idea de que no podía formar una familia porque hay sobrepoblación mundial.

Durante las pruebas de Fuerzas Vivas, nos llevaron en coche con los ojos vendados a la montaña. Era invierno. Entre otras cosas, a las chicas nos hicieron desnudarnos y entrar en una cascada. Luego, con los ojos vendados, entre varias personas, te empujaban y zarandeaban, mientras te gritaban e insultaban. Después te dejaban sentada en medio del bosque a oscuras. Luego, tras una pequeña ceremonia en una cueva, todos te recibían con abrazos y sonrisas, y entrabas en una especie de hermandad.

Había otras muchas prácticas, como exposiciones ante un público que te trata mal, aguantar objetos con los brazos extendidos hasta no poder más, arrastrarte por el suelo si alguien llegaba tarde, hacerte conseguir cosas gratis de las tiendas para probar tu poder de persuasión, etc.

Una vez superé las pruebas, tuvimos que hacer la ceremonia del Juramento. Me vestí con el uniforme de las Brigadas Femeninas, piqué tres veces a la puerta del templo, y al entrar me coloqué delante del estandarte con el brazo en alto. Recité de memoria el texto del juramento y seguidamente saludé diciendo: “¡AVE!”.

Los hombres podían formar parte de las Brigadas Masculinas o del Cuerpo de Seguridad. Cada uno de los tres cuerpos tenía su símbolo, su lema, su himno y sus ceremonias. También teníamos nuestro código de honor, nuestras deidades, y además las mujeres teníamos que cuidar un fuego al que llamábamos “vesta” que debía estar encendido las 24 horas. Si a alguna se le apagaba el fuego se consideraba que había sido por un fallo psicológico, lo que generaba mucha ansiedad.

Así estuve durante 10 años de mi vida.

Si tenías cualquier descuido te gritaban o te castigaban con algún trabajo extra. Si alguien llegaba tarde, nos teníamos que arrastrar por el suelo. Si alguien ponía alguna pega, nos gritaban: “¡se obedece y punto!”.

CÓMO LOGRÉ SALIR DE NUEVA ACRÓPOLIS

Soportábamos con naturalidad los gritos, las presiones y los reproches. Tenía una amiga a la que pegaron bofetadas en la cara en varias ocasiones. En una reunión con Delia Steinberg, mi amiga escribió en un papel una pregunta anónima: “¿un Maestro puede pegar a un Discípulo?”. Cuando Delia la leyó, dijo simplemente: “Esto no es una pregunta”, dejó el papel a un lado y siguió leyendo las otras preguntas. Como por arte de magia, esa cuestión quedó borrada.

Yo también tuve que pasar por pruebas de humillación. Tenía 20 años y me había comprado una camiseta nueva de tirantes y seda. Una noche, mientras cenaba, la directora vino por detrás sin hacer ruido y con unas tijeras de cocina empezó a cortar la camiseta de abajo hacia arriba. Al día siguiente me dijo: “ni se te ocurra vestir así, haces sufrir a los hombres”.

Otra parte de mí pensaba que era una prueba y que, si me habían hecho eso a mí y no a otras personas, es porque consideraban que yo era suficientemente fuerte como para soportarlo. Yo creía que estaba ganando al no reaccionar ante eso, pero en realidad estaba adoptando una posición de sumisión.

Los siguientes años fueron un poco más tranquilos, pero también estaba más implicada. Empecé a ver la realidad: que la supuesta relación Maestro-Discípulo no era tal, que no me estaba autoconociendo, que no me sentía bien. Empecé a buscar explicaciones y a explicar yo misma los problemas que veía, y ahí empezaron los problemas.

Todo empezó de manera sutil, con pequeños gestos y frases sueltas. Un día el director me dijo: “tienes la mirada oscura”. En Nueva Acrópolis estaba la idea de que cuando alguien criticaba o se mostraba desafiante, era porque había “elementales negativos” o ciertas “fuerzas oscuras” que hacían dudar a la gente.

La directora un día salió de su despacho, se acercó a mí y me dijo: “vigila que tienes el pecado de la cuarta raza”. Ese pecado era el orgullo y la soberbia. Para quitarme el orgullo me dijo que un día a la semana teníamos que quedar para que yo llorara delante de ella. Me hacía ponerme de pie frente a su silla y me decía: “llora”. Yo lloraba falsamente hasta que ella decía: “muy bien, ya está”. Entonces se levantaba y se iba.

Cuando yo me alejaba, el director solía tener conductas de desprecio e intimidación. Me decía que “me faltaba corazón”, “me faltaba magnetismo”, que “cuando uno no acepta a un maestro, tampoco lo aceptarán a él o ella como maestro”. Había ocasiones en que literalmente dejaba de hablarme y solía intimidarme para forzarme a actuar. Por ejemplo, cuando me veía sentada, se acercaba por detrás y me agarraba del cuello ahogándome. Yo le decía que no podía respirar, y él me susurraba: “es mi manera de dar cariño”.

Me entra una impotencia horrible solo de recordarlo.

En un inicio yo sentía mucha devoción por ellos. Los veía como unos padres. Pero luego me di cuenta de que lo único que había conseguido en esos años era sentirme cada vez peor. Fue como llegar con el corazón roto, ver una luz de esperanza, y volver a tu corazón roto, pero siendo una esclava.

ÚLTIMAS REFLEXIONES

Me di cuenta de que la manipulación es efectiva mientras tienes ciertos beneficios: la pertenencia, la admiración, el poder o la simple inercia. Pero cuando todo falla, cuando ya no puedes más, cuando ya nada te importa, entonces dejas de creer en lo que antes creías y dejas de aceptar lo que antes aceptabas.

Por otra parte, aquello que en su momento consideré como lo peor que me podía pasar, es decir, que mis maestros me humillaran, me maltrataran o me consideraran “oscura”, en realidad fue el primer paso para mi liberación.

Recuerdo perfectamente el día en que abandoné Nueva Acrópolis. Tengo en la mente grabado el día que crucé la puerta por última vez. Mientras bajaba las escaleras pensaba: “esta es la última vez que voy a pasar por este edificio, esta es la última vez que tendré que bajar estas escaleras”. La libertad que sentía no se puede describir. Ahora empezaba otro camino nuevo. El de volverme a encontrar conmigo misma.

Ana, diciembre del 2022